Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 12 de febrero de 2016

Curso de Biblia 2016. 17- La verdad de la Biblia


Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
17. La verdad de la Biblia

Este tema es uno de los más importante en esta primera parte de introducción general y está muy relacionado con los dos anteriores (la «inspiración» y la «revelación»).

Durante los últimos siglos ha sido un argumento controvertido, pero ininterrumpidamente defendido por las Iglesias católica, ortodoxas y protestantes. 

La palabra usada tradicionalmente es «inerrancia», que significa ‘que está libre de error’. Se supone que, si Dios es el autor final de la Biblia, esta no puede tener errores. ¿Qué significa eso en concreto?

Todos conocen que Galileo Galilei fue condenado por la Inquisición romana a retractarse de su apoyo a las ideas de Copérnico sobre la traslación de la tierra alrededor del sol. 

De poco le sirvió el apoyo del carmelita Paolo Foscarini, que publicó un opúsculo en su defensa en el que afirmaba: «La intención de la Biblia es enseñar cómo la humanidad puede ir al cielo, no cómo funciona el cielo». 

En el siglo XVI pensaban que si la Escritura dice que Josué paró el sol (Jos 10,12-14) es porque el astro rey gira alrededor de la tierra y no al revés, pero la Biblia usa la manera de expresarse de su época y las concepciones científicas de su ambiente, sin pronunciarse sobre la veracidad de dichas expresiones.

La prohibición a Galileo de defender la teoría heliocéntrica de palabra o por escrito se ha convertido en el ejemplo más citado para hablar del conflicto entre religión y ciencia en la sociedad occidental. 

Pero el caso de Galileo no es el único ni este es un problema exclusivo de la Iglesia católica. También Lutero y Melanchthon condenaron las teorías copernicanas y los calvinistas quemaron en la hoguera al médico Miguel Servet acusándole de que sus ideas contradecían las de la Biblia.

Estos problemas volvieron a ser planteados con virulencia por los pensadores ilustrados del s. XVIII, que acusaban a la Biblia de falsear la historia y de proponer relatos inmorales; y llegaron a su momento más duro en el s. XIX, cuando Darwin formuló la teoría de la evolución. 

Muchos pensaron que sus afirmaciones contradecían los relatos del Génesis, que entonces eran considerados como una «crónica» de la creación. 

Los escritos de Feuerbach, Marx, Nietzsche y Freud también pusieron en cuestión la veracidad de la Biblia, e incluso la acusaron de ser la causante de muchos de los males que ha sufrido la humanidad a lo largo de su historia.

Los apologetas de la época intentaban responderles poniéndose a su nivel e intentando hacer compatibles esos relatos con los descubrimientos de las ciencias, ya que pensaban que la Biblia se sostiene o se cae como un todo y que no se pueden separar unas páginas de otras, ni aceptar fallos en unas y no en otras. O es verdadera, o no lo es. Si Dios es su autor, el libro debe ser por fuerza perfecto; si contiene informaciones erróneas o falsas, entonces Dios no sería sabio o no estaría diciendo la verdad.

Pero hemos de recordar lo que ya hemos afirmado: la Biblia transmite la verdad sobre Dios y su proyecto de salvación, no sobre otros argumentos. 

Y, para hacerlo, Dios se ha servido de personas que han usado el lenguaje y las imágenes propias de su cultura, adaptándose a las capacidades de los destinatarios, condescendiendo con las debilidades de los hombres, revelándose de una manera progresiva, hasta que se ha manifestado plenamente en Cristo, «llevando la historia a su plenitud» (Gál 4,4). 

Por lo tanto, la presencia de errores históricos y científicos no afecta a la verdad de su mensaje, que no es sobre esos argumentos.

La misma Biblia nos ofrece un testimonio de la «verdad» que presenta, cuando san Pablo afirma: «Desde niño conoces las Sagradas Letras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación» (2Tim 3,15). 

Este texto afirma que la Escritura transmite una sabiduría relacionada con la salvación humana. Con esa finalidad se escribió; por tanto, no busquemos en ella otro tipo de enseñanzas.

De hecho, la palabra hebrea «emet», que normalmente traducimos como ‘verdad’, de por sí significa ‘fidelidad’. 

En el Antiguo Testamento, cuando se afirma que Dios es la verdad o que es verdadero, literalmente se dice que es fiel a sus promesas de salvación. Esta es la gran verdad que anuncian las Escrituras. 

Lo mismo sucede en el Nuevo Testamento que usa la palabra griega «aletheia», que también traducimos como ‘verdad’, pero en origen significa ‘revelación’; es decir, ‘quitar el velo’ que cubre la realidad para que podamos comprender lo que hay debajo de las apariencias.

En la Biblia, la revelación y la verdad coinciden: son la manifestación a los hombres de la fidelidad de Dios, de su proyecto de amor y de su misericordia. 

La Biblia recoge el testimonio de personas (con sus virtudes y sus defectos) que han hecho esta experiencia a lo largo de los siglos, en contextos históricos muy concretos, y que la han transmitido con el lenguaje de su cultura y de su época, con la intención de provocar a los destinatarios para que se abran a una experiencia similar.

Algunas comunidades evangélicas, así como grupos de tradicionalistas católicos, proponen una lectura literal de la Biblia e insisten en que la «inerrancia» se refiere a todos los contenidos, por lo que –entre otras cosas absurdas– se oponen al estudio de la teoría de la evolución de las especies en las escuelas, ya que creen que contradice las enseñanzas de la Sagrada Escritura. 

Quizás no sea esa su intención, pero prolongan un conflicto artificial entre la religión y la ciencia, entre la fe y la razón. 

En las próximas entradas hablaremos de las lecturas incorrectas de la Biblia y de la propuesta católica para interpretarla correctamente.

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