Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 20 de enero de 2016

Curso de Biblia 2016. 6- La redacción y transmisión de la Biblia



Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
6. La redacción y transmisión de la Biblia

Ayer intentamos responder a la pregunta ¿qué es la Biblia? y comentamos que fue escrita por autores distintos en lugares diversos a lo largo de mil cien años. Hoy vamos a profundizar en el largo proceso de redacción y transmisión de la Biblia. Ya advierto que la entrada de hoy es larga, y una de las más aburridas que veremos, pero necesaria para ir comprendiendo mejor los textos bíblicos.


Durante siglos, los israelitas transmitieron oralmente sus tradiciones y sus leyes de generación en generación. 

Con el tiempo (a partir del reinado de Salomón) comenzaron a ponerlas por escrito. 


Pero eso no significa que consideraran «sagradas» esas escrituras. Algunas tenían un valor mayor y otras uno menor. Sí que consideraban «sagrados» algunos de los relatos y códigos de leyes que contenían, pero no los libros que los recogían, por eso fueron repetidamente ampliados, corregidos y reinterpretados. 


Lo mismo sucedió con los escritos que recogían la predicación de los profetas. Gozaron de gran veneración porque sus enseñanzas se consideraban como venidas de Dios, pero los documentos fueron continuamente ampliados y actualizados por sus discípulos en un proceso que duró varios siglos.


Hemos de ser conscientes de que los textos bíblicos han pasado por varias redacciones, añadidos y correcciones antes de alcanzar la forma definitiva que ha llegado a nosotros, la que consideramos «inspirada». 


Lo que san Lucas afirma al inicio de su evangelio lo podemos aplicar a cada escrito de la Biblia, en mayor o menor medida: «Muchos han tratado de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo lo que nos han transmitido los que fueron testigos oculares desde el principio y luego se hicieron predicadores del mensaje. Por eso yo también, después de investigarlo todo cuidadosamente desde los orígenes, he resuelto escribírtelo por su orden» (Lc 1,1-3). 


Lucas habla de tres estadios bien diferenciados: 

1- una primera etapa de predicación en la que se formaron tradiciones orales («Lo que nos han transmitido los que fueron testigos oculares»); 
2- escritos parciales que no han llegado a nosotros («Muchos han tratado de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros»); 
3- la redacción final («Yo también he resuelto escribírtelo por su orden»). 

Al principio, los textos eran muy abiertos, por lo que se añadían, eliminaban o resumían partes al copiarlos (en Qumram se han encontrado libros bíblicos con variantes significativas de una copia a otra). Solo con el paso del tiempo los textos adquirieron la forma final, que se consideró definitiva. 


El «análisis literario» busca identificar las fuentes usadas y el proceso de redacción de los libros para ver la evolución del pensamiento, pero también intenta situar cada texto en su contexto y se esfuerza para identificar el género literario de cada unidad narrativa, de manera que sea posible entenderla correctamente.


Por su parte, la «crítica textual» estudia las variantes que aparecen en los diferentes manuscritos e intenta establecer el texto bíblico más seguro y consistente.


Los estudios contemporáneos nos permiten hipotizar que, durante la época monárquica, en el reino del sur (Judea) se recogieron las tradiciones antiguas en unos textos con características propias entre las que destaca el nombre que utilizan para referirse a Dios: «Yahvé». 


Según esta escuela, «Enós (un nieto de Adán) fue el primero que invocó el nombre de Yahvé» (Gén 4,26).

En ese tiempo los hebreos llamaban «Yahvé» a su Dios y quienes pusieron por escrito las tradiciones de sus antepasados pensaban que siempre había sido así. De modo que usan ese nombre de Dios cada vez que hablan de él y desde el principio lo ponen en los labios de los distintos personajes que aparecen en sus narraciones.

Por eso, esta es llamada fuente «J» («yahvista»).


Abrahán es el antepasado en torno al que se recogen las tradiciones del grupo. La alianza que Yahvé selló con él es el precedente de la que más tarde selló con el rey David y sus descendientes. De hecho, la vida de Abrahán gira en torno a Hebrón, donde reinó David los siete años anteriores a la conquista de Jerusalén y el encuentro de Abrahán con Melquisedec se sitúa en el monte donde después se construyó el templo de Jerusalén.

Se interesa mucho de los tiempos primigenios (la creación, los patriarcas antediluvianos, el diluvio, la torre de Babel) y usa numerosas imágenes antropomórficas: Yahvé modela al hombre y a los animales con barro, se pasea por el Jardín del Edén, cierra la puerta del Arca de Noé, visita a Abrahán, dialoga con los seres humanos, se enfada y cambia de parecer, etc.

Por su parte en el reino del norte (Israel) se recogieron las tradiciones locales, que reflejan una mentalidad distinta y otra manera de llamar a Dios, al que se refieren siempre con el nombre común «Elohim» (que podríamos traducir como ‘Dios de los dioses’).

Por eso es llamada fuente «E» («elohista»).

Estos autores tienen una visión más trascendente de Dios, que normalmente envía un ángel como mensajero en lugar de hablar directamente al hombre y cuyo nombre propio no se puede conocer.

No se conservan narraciones suyas sobre los orígenes del mundo y de hombre, porque se centraron en la epopeya de Moisés y la liberación de la esclavitud en Egipto.

Los patriarcas en torno a los que se recogen las tradiciones del grupo son Jacob y su hijo José. Se subraya la relación de Jacob con lugares del reino del norte: Galaad, Mispá, el Yaboc, Siquén, Penuel (antigua capital del reino de Israel) y, sobre todo, con el santuario de Betel, que los israelitas construyeron en oposición al santuario de Jerusalén.

Además, afirmaban que Dios reveló su nombre a Moisés (Éx 3,14), por lo que nadie lo conocía antes: «Yo soy Yahvé, que me aparecí a Abrahán, a Isaac y a Jacob como “El Saddai” (que significa ‘Dios Todopoderoso’), mas por mi nombre, “Yahvé”, no me di a conocer a ellos» (Éx 6,3). De hecho, cuando Jacob le preguntó su nombre, respondió: «¿Por qué me preguntas mi nombre?» y no se lo dijo (Gén 32,29).

Cuando el año 722 a. C. Israel cayó en manos de los asirios, que deportaron a la mayor parte de la población, algunos israelitas consiguieron huir y refugiarse en Judea, llevando consigo sus tradiciones y los manuscritos que consiguieron salvar de la destrucción.

Lentamente, los escritos de la tradición «elohista» (originaria del reino del norte) se fueron combinando con los de la tradición «yahvista» (originaria del reino del sur).

El hallazgo del «libro de la Ley» en el templo, el año 622 a. C., en tiempos del rey Josías, marcó un hito. Posiblemente se trata del núcleo del posterior libro del Deuteronomio, con el que inicia una gran obra de reforma religiosa, política y literaria. Parece que en las tradiciones antiguas no se tenía constancia de una legislación escrita que proviniera de Moisés.

La llamada escuela «deuteronomista» comienza un largo proceso de recuperación, estudio y reelaboración de los documentos antiguos, a la luz de las enseñanzas de los profetas y del «libro de la Ley» de Moisés.

Combinando tradiciones orales y numerosos documentos antiguos (algunos los citan explícitamente, como los anales de Salomón, los anales de los reyes de Israel y los anales de los reyes de Judea), realizan una primera edición de los principales libros del Pentateuco (Génesis, Éxodo y Deuteronomio) y de los profetas anteriores (Josué, Jueces, Samuel y Reyes).

El año 586 a. C. el reino de Judea cayó en manos de los babilonios y la mayoría de sus habitantes fue deportada, como había sucedido ciento cincuenta años antes con los de Israel. Esto provocó una crisis sin precedentes entre los judíos, tal como veremos al hablar de Exilio y del nacimiento del judaísmo.

A la luz de la predicación del profeta Jeremías, los deuteronomistas interpretaron los acontecimientos y terminaron la revisión de los libros anteriores.

Pero es un grupo de sacerdotes y escribas relacionados con el templo de Jerusalén el que prepara una edición más completa y ordenada de esos textos.

Para que no se pierdan las tradiciones cultuales, ahora que el templo de Jerusalén había sido destruido, las recogen en los libros Levítico y Números y reelaboran los otros escritos. 

Es la fuente «P» («sacerdotal), en la que Dios es presentado como totalmente trascendente.


Frente a los relatos antiguos que hablan de las visitas de Dios a sus amigos, estos autores afirman que Dios mismo reveló a Moisés que eso es imposible: «No podrás ver directamente mi rostro, porque nadie puede verme y seguir con vida» (Éx 33,20). 

Es significativo el capítulo primero del Génesis, propio de esta escuela,donde se presenta la creación como un proyecto ordenado en el que Dios hace todo por medio de su «Palabra» y de su «Espíritu».

Las cuatro tradiciones o escuelas («J», «E», «D» y «P») son llamadas así por las iniciales de sus nombres en alemán, ya que los primeros estudios sobre este argumento se hicieron en ese idioma. Se pensaba que un autor anónimo tomó los escritos de estas cuatro escuelas de pensamiento, que hasta entonces habrían sido independientes, y las fundió en los libros que han llegado hasta nosotros.


La hipótesis de cuatro fuentes autónomas, combinadas por un redactor final del Pentateuco hoy no es aceptada por casi nadie. 


Como hemos visto, el proceso fue mucho más complejo: los escritos de la escuela «yahvista» y de la «elohista» se fusionaron a lo largo de los siglos VIII-VII a. C., la escuela «deuteronomista» los recopiló, transformó con numerosos añadidos y amplió a lo largo de los siglos VII-VI a. C. y la escuela «sacerdotal» los volvió a revisar y completar a lo largo de los siglos VI-V a. C.


Las cosas pudieron ser incluso más complejas. Esta es solo la hipótesis más plausible con los datos que hoy poseemos.

Cuando el año 539 a. C., algunos exiliados regresaron a Jerusalén, llevaron consigo varios rollos que recogían e interpretaban la historia del mundo y de su pueblo, dando sentido a todos los acontecimientos vividos hasta entonces y abriendo el futuro a nuevas perspectivas: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Samuel y Reyes, que ya tenían su forma casi definitiva, la que ha llegado hasta nosotros con pequeños retoques. 


Junto a esos libros también llevaron consigo colecciones de los oráculos de los profetas y de himnos litúrgicos. Todavía no existía lo que con el tiempo se llamará «Biblia», pero sí su núcleo. 


En los siglos siguientes se completó la colección de escritos proféticos (los llamados «Nevi'im») y se creó una nueva colección de libros, los «Ketubín» (‘escritos’), hasta completarse la «Tanaj» (la Biblia hebrea).


A lo largo del siglo primero de nuestra era, los cristianos formaron una nueva colección de libros, denominando a los de Israel «Antiguo Testamento» y a los que recogen las enseñanzas de Cristo y de sus primeros discípulos «Nuevo Testamento». 


La palabra «testamento» traduce la idea «alianza», por lo que los primeros hablan de la alianza de Dios con Israel y los segundos del cumplimiento de la misma, ampliada a todos los hombres.


Al hablar del «canon» trataremos con más detenimiento de este largo y complejo proceso de formación de una lista de libros considerados «inspirados» y del posterior reconocimiento oficial por parte de los judíos y de los cristianos.


Nadie se asuste si decimos que no conservamos ningún manuscrito original de la Biblia. 


Tampoco tenemos los de Platón, Aristóteles, Virgilio, ni los de ningún escritor antiguo. Sus obras han llegado a nosotros a través de copias realizadas por amanuenses a lo largo de los siglos. 


Además, en comparación con cualquier autor de la antigüedad, se conservan muchos más manuscritos de la Biblia y mucho más cercanos en el tiempo a los originales. 


Solamente de los evangelios hay más de cinco mil documentos (códices completos o parciales, leccionarios y fragmentos de distinto tamaño). 


Como es natural, hay variantes entre ellos (algunas involuntarias, debidas a equivocaciones del escritor al copiar un párrafo, y otras voluntarias, ya que los copistas quisieron aclarar, resumir o ampliar algunos textos), pero al tener una documentación tan abundante la reconstrucción de los textos originales es bastante segura. Algo parecido podemos decir de los otros textos bíblicos.


Si han sobrevivido a esta entrada y quieren seguir aprendiendo, mañana hablaremos de cómo leer la Biblia.

5 comentarios:

  1. No solo he sobrevivido, sino que me ha parecido muy interesante y me ha aclarado cosas importantes que no terminaba de entender. Gracias. Paolo.

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  2. Pensaba que no llegaba nunca al final, gracias a que puse mi salvavidas en la maleta y ante la advertencia del principio yo me lo puse y he podido flotar hasta la orilla con alguna que otra dificultad pero puedo decir que he sobrevivido.... jajaja...le daré una segunda vuelta y seguro que mejor... yo también me apunte a este viaje y como tanto me seduce seguiré en el aprendiendo.... Gracias por todo este esfuerzo y tiempo que nos esta regalando para que podamos entender la biblia mucho mejor....M.Jose.

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  3. No se me hizo larga, ya que estuvo muy interesante. Muchas gracias me encanta su blog. Bendiciones

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  4. Continuemos. Que el Espíritu Santo nos ilumine y acompañe en este extraordinario viaje.

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  5. Muy interesante y la he compartido en dos dias,pero todo bien !!!! muchisimas gracias !

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