Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

sábado, 24 de octubre de 2015

los místicos y la «resiliencia»


Las dificultades no hay que buscarlas. Llegan por sí mismas. Algunas las podemos enfrentar para eliminarlas, pero otras permaneces aunque no queramos. Si las enfrentamos con la actitud correcta, podemos crecer y madurar. En palabras de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz: se nos abre la puerta para poder entrar en la vida mística. En caso contrario, las dificultades bloquean el proceso de crecimiento e incluso incapacitan para llevar una vida normal.

A esta actitud teresiana de acogida pacífica de las contrariedades de la vida para superar los traumas y aprender de todo, «haciendo de la necesidad, virtud», hoy se la llama «resiliencia», que es «la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas». (Diccionario de la lengua española DRAE). No se trata solo de «sobrevivir», de «resistir» a las desgracias, sino de superarlas usándolas como un trampolín para crecer y mejorar.

La psicología ha tomado prestada de la física la palabra «resiliencia» que, en origen, es la capacidad que tienen algunos materiales para volver a su estado original después de haber recibido fuertes presiones capaces de deformarlos. Por ejemplo, una bola de espuma o de goma, que es apretada con fuerza, pero que vuelve a su forma anterior cuando la soltamos.

Lo mismo sucede con las personas que tienen que enfrentar situaciones negativas (pobreza extrema, enfermedades graves, malos tratos, abusos, pérdida de un ser querido, catástrofes naturales, guerras, etc.). En principio, todos tenemos la capacidad de reponernos. A la mayoría les cuesta mucho tiempo y esfuerzos, una minoría no lo consigue nunca (los sujetos «no-resilientes» o «asilientes») y otra minoría se repone rápidamente e incluso sale fortalecida de la prueba (los sujetos «pro-resilientes»).

Desde el final de la segunda guerra mundial, numerosos estudios psicológicos han intentado buscar las claves de estos procesos para poder ayudar más eficazmente a las víctimas: la «logoterapia», la «programación neurolingüística» y, en los últimos años, la «psicología positiva», que pretender centrarse en las capacidades y valores de los seres humanos (para potenciarlos), más que en sus debilidades y patologías (para sanarlas), como hace la psicología tradicional. De hecho, se ha visto que muchas debilidades se curan más fácilmente cuando se potencian los valores positivos. 

Santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz no sabían de estas cosas, pero ambos decían que, para vencer un vicio, no hay que estar todo el día dando vueltas a cómo conseguirlo, sino practicar la virtud contraria, «para vencer ese amor con otro amor mayor y mejor» (cfr. 1S 14,2). Recomiendan la misma actitud para vencer las dificultades y contradicciones: no permitir que nos ahoguen, sino ocupar el pensamiento y las energías en potenciar las actitudes contrarias para poder superarlas. Esto es lo que hoy se llama «resiliencia»: la capacidad para adaptarse y superar la adversidad no deteniéndonos en lo negativo de la vida, sino potenciando lo positivo.

En este camino es esencial «dejar nuestra razón y temores en sus manos [del Señor]» (cfr. 3M 2,8), «dejarnos a nosotras mismas» (cfr. 3M 2,9) o, por decirlo con san Juan de la Cruz, «salir de nosotros mismos». Esto significa «des-centrarnos», comprender que no somos el centro del universo, ni aún autosuficientes, que nunca nos bastamos a nosotros mismos, que necesitamos de los demás y –sobre todo– de Dios. Así lo expresa san Juan de la Cruz: «Salí de mí misma, esto es, de mi bajo modo de entender, y de mi flaca suerte de amar, y de mi pobre y escasa manera de gustar de Dios» (2N 4,1). 

Para los místicos, la vida verdaderamente humana es «éxtasis», que literalmente significa «salir de sí». Pero no entendiéndolo como una experiencia momentánea, sino como un camino que dura toda la vida, poniendo en práctica una enseñanza fundamental del evangelio: «El que pretenda guardar su vida, la perderá; y el que la pierda, la ganará» (Lc 17,33 y paralelos). Esto consiste en no ser egoísta, sino generoso; en no pensar solo en mis cosas, en mi comodidad, sino en buscar el bien del otro, hasta dar la vida. Esto significa «salir de sí mismo»: no buscarme a mí mismo, pensar en los demás, darme por amor.

En este punto, la doctrina de santa Teresa de Lisieux coincide con la de sus santos Padres. Ella vivió su «conversión» a los catorce años, cuando recibió «la gracia de Navidad», que le permitió pasar de la infancia a la madurez humana y espiritual. Santa Teresita explica que esa gracia consistió en que comprendió que la caridad consiste en salir de sí misma, en olvidarse de sus cosas para amar a los demás sin esperar nada a cambio: «El 25 de diciembre de 1886 recibí la gracia de salir de la niñez. Sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás, ¡y desde entonces fui feliz!» (Manuscrito a, 45rº).

Aunque el lenguaje sea distinto, las ideas de santa Teresa de Ávila en las terceras moradas, son las que propone Karl Paul Reinhold Niebuhr en su conocida «Oración por la serenidad», que dice así: «Padre, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia. Viviendo día a día; disfrutando de cada momento; sobrellevando las privaciones como un camino hacia la paz; aceptando este mundo impuro tal cual es y no como yo creo que debería ser, tal y como hizo Jesús en la tierra, confiando en que tú obrarás siempre el bien; así, entregándome a tu voluntad, podré ser razonablemente feliz en esta vida y alcanzar la felicidad suprema a tu lado en la próxima. Amén».

1 comentario:

  1. Aceptar aunque cueste las contrariedades que me vienende fuera esto es empezar a vivir Pero como combatir los los escrupulos Esto te hace sufrir mucho Ana Maria

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