Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 22 de octubre de 2015

convento de los «capuchos» en Sintra, Portugal (y 4)


Esta es la cuarta (y última) entrada que dedico a recoger fotografías del singular «convento dos capuchos»  de los frailes franciscanos alcantarinos en Sintra (Portugal), que estuvo habitado hasta mediados del s. XIX y hoy está dentro del circuito turísticos de los parques y palacios de la zona. Ya les he dicho que me impresionó mucho la visita que hice hace algunos meses, acompañado por el P. Armindo Vaz, que tuvo la deferencia de llevarme hasta allí. Pueden ver con claridad el lugar en este video. Además de las fotos, les ofrezco algunas reflexiones sobre las diferencias entre la vida que se llevaba allí y la propuesta de santa Teresa de Jesús.

Santa Teresa de Jesús admiraba la penitencia de san Pedro de Alcántara y de sus frailes e intentó imitarla al principio, pero pronto se dio cuenta de que eso no era lo que el Señor le pedía, por lo que puso el acento en la práctica de las virtudes, en la identificación con Cristo y con sus sentimientos.

Este es un tema que se repite en sus escritos y que no se cansa de recomendar a monjas, frailes y seglares: «Entienda, mi padre, que yo soy amiga de apretar mucho en las virtudes, mas no en el rigor, como lo verán por estas nuestras casas» (Carta al P. Ambrosio Mariano, 12-12-1576); «Adonde hay tanta virtud no es menester apretar nada» (Carta a las carmelitas de Soria, 28-12-1581); «No me parece bien lo que dice de levantarse por la noche [para orar…]. De ninguna manera se levante, por más fervor que sienta. […] En el dormir vuestra merced, digo y aun mando que no sean menos de seis horas. Mire que los que ya tenemos edad debemos cuidar estos cuerpos para que no derruequen el espíritu» (Cartas a su hermano Lorenzo, 02-01-1577 y 10-02-1577). 

Para ella, la austeridad de vida no debe ser un fin en sí mismo, sino un medio para centrarse en lo esencial, sin dispersiones. Su particular estilo «de recreación y hermandad» es humanista, por lo que valora más la práctica de las virtudes humanas y evangélicas que no las excentricidades que entonces estaban de moda.

La visita a este convento me sirvió para reafirmarme en lo que santa Teresa no quería para sus frailes y monjas, aunque eso no quite para que sea un lugar hermoso y digno de ser visitado.



La cueva a modo de sepulcro en la que vivió uno de los ermitaños del lugar hasta su muerte.



La decoración del edificio se resume en cruces (de madera, de corcho, de conchas, de piedra...) y calaveras.



Los frailes vivían «una continua crucifixión, llenando en esta inmolación de amor por las almas las exigencias más entrañables del ideal franciscano», tal como afirman los documentos franciscanos.



Desde el atrio se accede al convento a través de la significativa «puerta de la muerte». La calavera a los pies de la cruz está deteriorada, pero es significativa del deseo de los que se retiraban al lugar para vivir muertos al mundo.



Los pasillos y estancias del convento recuerdan la austeridad y mortificación de sus moradores.



Las ventanas permanecían la mayor parte del tiempo cerradas porque, como decía san Pedro de Alcántara, les daba lo mismo ver que no ver.



A santa Teresa le gustaban las ventanas con vistas al campo y en todos los monasterios que ella fundó se conservan tambores, flautas, castañuelas y otros instrumentos que ella usaba en la recreación con sus monjas (los de la foto son del monasterio de la Encarnación de Ávila).

Sin despreciar a san Pedro de Alcántara y a sus frailes, prefiero la propuesta de santa Teresa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario