Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

sábado, 30 de mayo de 2015

El misterio de Dios en los libros sapienciales


En Israel hay Sabios que se dedican al estudio de las tradiciones y a recoger proverbios y enseñanzas, desde la época del rey Salomón. Pero adquieren su sentido más profundo después del Exilio, cuando cesa la profecía en Israel. Profundizan en la enseñanza de los padres y transmiten un conocimiento práctico sobre la vida a los jóvenes.

El prólogo del Eclesiástico comienza afirmando que «muchas e importantes lecciones se nos han transmitido por medio de la Ley, los Profetas y los Escritos que les han seguido» (Prol 1-2. La misma división de la Escritura se hace en los vv. 8-10 del mismo). Nos encontramos con la división bíblica que perdurará hasta hoy en el judaísmo: La Ley (Pentateuco), los Profetas (Anteriores: los libros históricos y Posteriores: los libros proféticos) y los Escritos Sapienciales.

El Destierro supuso una gran crisis de fe para Israel. El pueblo creía en las promesas de Dios: Jerusalén es mi ciudad Santa, yo viviré en el Templo sin fin, un descendiente de David se sentará en su trono por siempre. Con la destrucción de Jerusalén y del Templo y con la caída de la dinastía davídica, estas promesas parecen falsas y los dioses extranjeros parecen más fuertes que YHWH. 

La enseñanza de los últimos Profetas, que ven en el Exilio el castigo de Dios, el cumplimiento de sus amenazas, que hablan de un Nuevo Éxodo y de una Nueva Alianza, mejores que los anteriores, hacen recuperar la fe al pueblo. El Retorno a Canaán, en tiempos del rey Darío de Persia, será una crisis aún mayor. La realidad es más dura que lo anunciado por los Profetas. Muchos no quieren regresar. Los que lo hacen encuentran sus casas y campos ocupados por otros. La reconstrucción es pesada. El egoísmo y el pecado siguen presentes... ¿dónde están ese Éxodo y Alianza gloriosos?

Durante siglos, Israel hablaba de un destino colectivo, de una responsabilidad grupal. Los últimos Profetas profundizaron en el tema de la responsabilidad personal (Ez 14,12-23): cada uno es culpable de sus propios pecados y recibirá la recompensa de las propias buenas obras. Surge, así, una preocupación por el origen y el destino personal y por los problemas concretos de cada hombre.

En su esfuerzo por reconstruir Jerusalén, muchos justos se encuentran abandonados, traicionados. Antes se podían pensar en razones colectivas (pagan los pecados de sus padres...), pero ahora, el dolor del inocente, el fracaso del bueno frente al triunfo de los malvados se presenta como una dolorosa pregunta. Job y Qohélet son testigos de ese malestar y desánimo. La sabiduría tradicional no sirve para solucionar los problemas que se plantean y aún no se han encontrado nuevas soluciones.

La reflexión sapiencial solucionará estos problemas en una triple dirección:

- Se profundiza en el sentido de la experiencia de Dios, de su amor. Esto es más importante que el dinero, que el placer, que la vida misma. Es lo único realmente importante. El Salmo 73 narra la historia de un justo que, cansado de su propio dolor: «yo era golpeado cada día y cada mañana sufría» (13-14), llegó a envidiar el triunfo de los fraudulentos: «por poco mis pies se extravían, celoso como estaba de los arrogantes... para ellos no hay congojas...» (2-5). Hasta que profundizó en la intimidad divina: «entré en tus divinos santuarios» (17) y entendió que la posesión de Dios es más importante sin comparación que todos los bienes de la tierra, aun cuando permanezca incomprensible: «mi porción es Dios por siempre... mi bien es estar junto a Dios» (25-28).

- Se clarifica el tema de la absoluta trascendencia e incomprensibilidad del misterio de Dios. Nos desborda y no podemos acercarnos a él desde nuestras capacidades racionales, sino aceptando con sencillez su revelación y respetando su misterio. Nuestra sabiduría es imperfecta, pero él comunica al hombre su Sabiduría para que le pueda conocer. La Palabra de Dios creadora (Gen 1,3; Sal 33,6; Is 55,10-11) y la Ley de Dios (Sal 118) son un reflejo de esta Sabiduría divina y se entregan al hombre para su felicidad. Esta Sabiduría se presenta con rasgos personales (Prov 8,22-31), con las mismas características de Dios (Sab 7,22-27), intermediaria en la creación, en la revelación y en el don del Espíritu (Sab 9,1-18). Esta Sabiduría nos ayuda a conocer el misterio de Dios, que –al mismo tiempo– permanece incomprensible (Job 42,1-6). Lo que vemos es solo un destello del obrar de Dios (Eclo 42,22), que siempre está más allá de sus obras (Eclo 43,27-33).

- Se afianza la fe en la Resurrección. Si el amor de Dios es desde siempre, ha de ser para siempre (2Mac 7,9). Desde aquí se da un paso a la literatura apocalíptica, que presenta a Dios como Señor de la historia y de su cumplimiento. A pesar de todas las apariencias, es el Señor del cosmos y de la historia el que tiene en sus manos, aunque de una manera misteriosa, los hilos de los acontecimientos, siendo fiel a su proyecto y asegurando la meta final: la llegada del Reino de Dios, la salvación definitiva y eterna para la que fuimos creados (Dn 7). Este Reino de Dios no tiene solo una dimensión histórica, sino que apunta hacia una dirección más allá de la misma.

1 comentario:

  1. Qué enseñanza tan profunda y especial! Gracias por
    Ilustrarnos. Alina

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