Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 18 de abril de 2021

Así estaba escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día


El evangelio del tercer domingo de Pascua (ciclo "b") nos cuenta lo que sucedió después de que los discípulos de Emaús reconocieron al Señor «al partir el pan». Entonces volvieron corriendo a Jerusalén, regresaron con los otros discípulos a los que habían abandonado, y se encontraron con la comunidad creyente, que confesaba: «Verdaderamente el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón» (Lc 24,34).

Hay una progresión en los títulos que se dan a Jesús. Cuando los discípulos de Emaús hablaron de Jesús lo llamaron «profeta» (24,19). Jesús se presentó a sí mismo como el «mesías» (24,26). Ahora la Iglesia lo confiesa «Señor» (24,34), reconociendo su divinidad.

Hemos pasado de la dispersión a la unidad, del temor a la confesión de fe. La Iglesia se encuentra reunida en torno a Pedro, que cumple el mandato de Jesús: «Cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos» (22,32).

«Estaban hablando de estas cosas, cuando Jesús se presenta en medio de ellos». Entonces él repite lo que ya había hecho con los dos de Emaús: les explica todo lo que en las Sagradas Escrituras se refería a él, les ayuda a comprender su pasión y muerte a la luz de la Biblia.

Jesús insiste en que todas las Escrituras se encaminan a la Pascua del Señor y todas las Escrituras encuentran cumplimiento en ella: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse».

Jesús explica a la Iglesia lo que ella misma debe hacer a partir de entonces.

En los Hechos de los apóstoles vemos que los discípulos interpretan lo que sucedió a Jesús a la luz de las Escrituras, tal como hizo Jesús.

Felipe, por ejemplo, al encontrarse con el eunuco etíope que leía a Isaías, «comenzando por aquel paso de la Escritura, le explicó todo lo que se refería a Jesús» (Hch 8,26-40).

Después de bautizarle, Felipe desapareció, el eunuco no lo vio más y continuó su camino lleno de alegría (Hch 8,39). Lo mismo que les había sucedido a los discípulos de Emaús y lo mismo que sucede en el evangelio de hoy. Después de explicarles las Escrituras, Jesús les bendice y vuelve al Padre, desaparece de su vista.

Su separación había causado miedo y abandono en Getsemaní. Aquí provoca alegría y el rebaño se mantiene unido en torno a Pedro.

Los discípulos permanecen ahora unidos en Jerusalén: «Estaban de continuo en el templo, bendiciendo a Dios» (24,53), esperando el don del Espíritu, perseverando en la explicación de las Escrituras y en la celebración de la Eucaristía, sabiendo que allí Jesús se hace presente como Señor.

A Jesús también se le puede encontrar en el hermano, en el pobre, en el peregrino, pero el vértice del encuentro personal con Cristo se realiza en la comunión de la Iglesia, al proclamar su palabra y comer su pan.

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