Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 8 de marzo de 2015

La purificación del templo y el verdadero culto


El evangelio de hoy habla de la purificación del templo de Jerusalén. No me voy a detener a explicar este evangelio, ya que lo hice aquí. Hoy solo quiero recordar que las lecturas de hoy quieren invitarnos a reflexionar sobre cuál es el culto que Dios quiere, el verdadero culto cristiano.

Para los judíos, lo esencial era el sacrificio de animales en el templo según un ceremonial muy concreto. Jesús dice que eso ya se ha terminado, que Dios no quiere eso, sino un culto "en espíritu y verdad", no unido a un lugar, a un idioma, a unos ritos.

Cuando Jesús denuncia que hemos convertido el templo en "una cueva de ladrones" no está acusando de cobrar demasiado caro a los que venden ovejas para los sacrificios ni tampoco acusa de engañar a sus clientes a los banqueros que cambiaban las monedas de los peregrinos (con imágenes e inscripciones de falsos dioses, por lo que no eran admitidas en el templo) por otras con las que hacer su limosna.

Lo que hace Jesús es condenar a los que creen que pueden "comprar" el favor de Dios con esos sacrificios y limosnas, pero sin que después la religión influya en su vida concreta. Ellos so los "ladrones" o "bandidos".

Por eso cita al profeta Jeremías, que denuncia el culto separado de la vida y exige que el culto se corresponda con una existencia íntegra, afirmando: «No os creáis seguros con palabras engañosas, repitiendo: “Es el templo del Señor” […]. ¿De modo que robáis, matáis, adulteráis, juráis en falso, quemáis incienso a Baal, seguís a dioses extranjeros y desconocidos, y después entráis a presentaros ante mí en este templo, que lleva mi nombre, y os decís: “Estamos salvos”, para seguir cometiendo esas abominaciones? ¿Creéis que es una cueva de bandidos este templo que lleva mi nombre? Atención, que yo lo he visto» (Jer 7,1-15).

Nuestros ritos litúrgicos tienen su importancia, pero no son lo esencial. Lo que Dios espera de nosotros nos lo dice la primera lectura, que recoge los diez mandamientos de la ley de Dios.

Y los textos proféticos que no nos cansamos de leer en estos días de Cuaresma insisten siempre en la misma idea: lo que Dios espera de nosotros es que seamos misericordiosos, acogedores, dispuestos a compartir y a perdonar. Ese es el verdadero culto, el verdadero ayuno, el verdadero sacrificio.

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