Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 31 de marzo de 2015

La Pascua en el Antiguo Testamento


La Semana Santa de Jesús tuvo lugar en el contexto de una Pascua judía. Por eso, para entender los sucesos de aquellos días, necesariamente hemos de estudiar la historia de la Pascua y sus contenidos. Hablaremos de tres etapas: la Pascua prejudía, la Pascua del Éxodo (en tiempos de Moisés) y las Pascua judía (posterior al Éxodo).

1. La Pascua prejudía

En su origen, la Pascua era una celebración de pastores seminómadas que tenía lugar en todos los territorios en torno al Mediterráneo al inicio de la primavera, en el momento de cambiar de los pastos de invierno (en los valles, lugares más resguardados del frío) a los de verano (en las montañas, donde sigue brotando la hierba y las fuentes se mantienen con agua durante el tiempo del calor). 

El mismo nombre de la fiesta significa precisamente «paso» de un lugar a otro. Es la famosa trashumancia de los ganados, que tanta importancia ha tenido hasta tiempos recientes.

Las ovejas estaban recién paridas, por lo que las crías podían morir durante la marcha a causa del calor. Esta es la causa por la que los rebaños se desplazaban de noche, aprovechando el fresco, y esperaban a la luna llena para tener una buena visión. 

Los antiguos pensaban que los desiertos eran la morada de los demonios, por lo que antes de partir sacrificaban un cordero, ofreciéndoselo como tributo, y mojaban sus tiendas con la sangre del animal para que se viera que ellos habían cumplido su parte. 

En la cena, acompañaban la carne con verduras amargas silvestres, que dan sabor en ausencia de sal, y con panes sin fermentar, típicos de los beduinos y de otros grupos seminómadas.

El estudio de los detalles del rito (la fecha, el tipo de víctima, la manera de cocinarla, los ingredientes que la acompañan y las disposiciones de los comensales), muestra que la Pascua era una fiesta prejudía, de carácter propiciatorio, muy cercana a la fiesta árabe de Radjab (también originalmente preislámica) y a otras similares que se desarrollaron entre los pastores seminómadas del arco Mediterráneo hace varios milenios. 

Esa cena, en la que se encontraban todos los miembros del clan, antes de la separación anual con motivo de la trashumancia, servía para renovar la unidad entre el grupo y las divinidades familiares, a las que se pedía protección para el camino.

Por su parte, la fiesta de los panes ázimos era también una celebración de inicio de la primavera, propia de los pueblos sedentarios de Canaán, que ofrecían a sus divinidades las primicias de sus cosechas. 

Los israelitas la asumieron y la fusionaron con la Pascua, hasta el punto que los dos nombres (Pascua y Ázimos) terminaron usándose indistintamente.

2. La Pascua de Moisés

El libro del Éxodo comenta que los descendientes de los patriarcas, sometidos a esclavitud en Egipto, querían celebrar la Pascua, al llegar el plenilunio de primavera, como habían hecho sus antepasados cuando vivían en el desierto. 

Por eso, Moisés y Aarón piden al faraón: «Deja partir a mi pueblo, para que celebre una fiesta en mi honor en el desierto […] Déjanos ir tres días al desierto, a realizar el sacrificio a YHWH, nuestro Dios» (Ex 5,1.3). 

La narración de las plagas va unida a la negativa del faraón, permisos parciales y sucesivas rectificaciones, que concluyen con la orden final: «Id a dar culto a YHWH, según vuestra petición» (Ex 12,31).

Antes de llegar a este punto, la Escritura recoge las instrucciones que Dios dio a Moisés para la celebración de la Pascua «en tierra de Egipto» (Ex 12,1), inmediatamente antes de la liberación. 

En este texto, la Pascua es interpretada como «paso» del Señor. Y la cena consiste en un animal de ganado menor, propio de pastores, que deben sacrificarlo cada uno en su casa, allí donde haya una familia judía: «Cada uno procurará un animal para su familia […] Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido. Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, comeréis panes sin fermentar y verduras amargas […] Es la Pascua, el paso del Señor. Esta noche pasaré por todo el país de Egipto, dando muerte a todos sus primogénitos […] al ver la sangre, pasaré de largo y, cuando castigue a Egipto, la plaga no os alcanzará. Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor, ley perpetua para todas las generaciones» (Ex 12,1-14).

Así, en la primavera de un año comprendido entre el 1250 y el 1230 a.C., la Pascua se convirtió en una institución divina, vinculada a una intervención de Dios, que salvó a los israelitas de la esclavitud y los generó como pueblo. 

De rito ligado al ciclo anual de la naturaleza, pasó a convertirse en un acontecimiento histórico, en el que Dios actúa la salvación.

El sacrificio del animal, la sangre, las verduras amargas y los panes ázimos se empezaron a interpretar de una forma nueva. 

La Pascua se convirtió en un memorial que debe celebrarse en cada generación: «Este día será para vosotros un memorial, en él celebraréis la fiesta del Señor, ley perpetua para todas las generaciones» (Ex 12,14).

3. La Pascua de Israel

Durante una fiesta de Pascua, Israel hizo experiencia de la bondad de Dios, que lo liberó de la esclavitud. 

Desde entonces, la Pascua adquirió un significado nuevo: ya no era la fiesta del «paso» de los pastos de invierno a los de verano, sino el recuerdo del «paso» del Señor, que ha estado grande y ha hecho «pasar» a los israelitas de la servidumbre a la libertad (cf. Ex 12). 

Por eso, el sacrificio del animal, la sangre, las verduras amargas y los panes ázimos se empezaron a interpretar de una forma nueva.

La Pascua se convirtió en un «memorial» (zikkarôn en hebreo) que debe celebrarse en cada generación: «Este día será para vosotros un memorial, en él celebraréis la fiesta del Señor, ley perpetua para todas las generaciones» (Ex 12,14). 

El Deuteronomio recoge las normas para su celebración en la Tierra Prometida: «Respeta el mes de Abib celebrando en él la Pascua en honor del Señor, tu Dios, porque una noche del mes de Abib él te hizo salir de Egipto. Inmola al Señor, tu Dios, como víctima pascual, un animal del ganado mayor o menor, en el lugar que él elija para constituirlo morada de su Nombre […] No inmoles la víctima pascual en cualquiera de las ciudades que el Señor, tu Dios, te dará. La inmolarás únicamente en el lugar que él elija para constituirlo morada de su Nombre […] Durante seis días comerás pan sin levadura, y el séptimo día harás una asamblea litúrgica en honor del Señor» (Dt 16,1-14).

El discurso se sitúa a las puertas de Canaán. El relato del Éxodo describía la Pascua de un pueblo seminómada, que no poseía un culto centralizado y anunciaba un acontecimiento futuro. Aquí encontramos algo distinto. 

En primer lugar, se habla de la liberación de la esclavitud como de algo ya sucedido, cuyo recuerdo se debe perpetuar. 

En segundo lugar, la víctima ya no se toma únicamente del ganado menor que poseían los pastores, sino que se amplía también a los bovinos, lo que indica que se refiere a un grupo sedentario. 

Por último, ya no se sacrificará en cualquier sitio donde se encuentre una familia hebrea, sino únicamente en donde esté «la morada de su Nombre»; es decir, en Jerusalén.

La Pascua ritual de los judíos sirve para recordar una grandiosa intervención de Dios, que dio origen a Israel como pueblo. El libro del Éxodo recoge la obligación de mantener vivo el recuerdo: «Cuando os pregunten vuestros hijos: “¿Qué significa para vosotros este rito?”, responderéis: “Este es el sacrificio de la Pascua de YHWH, que pasó de largo por las casas de los israelitas en Egipto cuando hirió a los egipcios y salvó nuestras casas”» (Ex 12,26-27). 

Es natural que, generación tras generación, se profundizara su significado y se enriqueciera su celebración. 

La Pascua no era un acontecimiento cualquiera; era la celebración de los orígenes del pueblo, la ocasión de renovar la Alianza con Dios y de confesar la fe en su providencia: Por caminos maravillosos, Dios llevó a su pueblo de la tristeza al gozo, de la oscuridad a la luz, de la esclavitud a la libertad. 

En cada cena pascual, Israel reafirma su propia identidad como pueblo de la Alianza, creado por Dios para ser testigo de su poder y de su misericordia ante el mundo. El Dios que lo sacó de la esclavitud y lo constituyó como pueblo, estará a su lado para siempre.

Desde el principio, la Escritura y la tradición de Israel dieron a la Pascua un doble significado: Por un lado, Dios «pasó» en Egipto, salvando a los israelitas y castigando a los egipcios; Por otro, Dios hizo «pasar» al pueblo de la esclavitud a la libertad.

4 comentarios:

  1. ¡ PADRE ...! ¡ GRACIAS DE TODO CORAZÓN ,,,!

    ¡ CADA DÑIA NOS NUTRE CON LA SABIDURÍA DE DIOS ... LATIENDO ¡
    AMOR ...!!!

    ¡¡¡ UN DELEITE ...!!!

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  2. ¡¡¡ CADA DÍA NOS NUTRE ... ....... !!!


    ¡ PERDÓN ,,, PADRE ... A MI EDAD A VECES NO PUEDO VER BIEN LAS LETRAS ... ¡ DIOS DIRÁ ...!!!!!!!!!!

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  3. Dios sige al hombre y paso a paso lo va dirigiendo si el se deja
    Que maravilloso es conocer el antiguo testamento para entender mas
    a Dios y ver las maravillas y lo que ha luchado por salvar a su pueblo
    Ana Maria

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  4. Qué interesante. No sabía nada de la Pascua prejudía.

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