Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 23 de marzo de 2015

Curso bíblico: 68. Libros proféticos


En los pueblos con los que se relacionaba Israel había profetas y adivinos, que estaban al servicio de los poderosos y del pueblo a cambio de una aportación económica. Su misión estaba clara: se debían ocupar de que los dioses fueran propicios y de señalar los días propicios y los infaustos para realizar determinadas actividades.

Los profetas hebreos, sin embargo, no tienen esa misión. No se identifican totalmente con los adivinos ni son elegidos por los reyes ni por el pueblo, ni están a su servicio. Son suscitados por Dios para que hablen en su nombre y no tienen miedo de enfrentarse a los poderosos y al pueblo para recordarles los compromisos de la alianza.

En la Biblia, el rasgo principal de la predicación profética es la revelación de la pasión de Dios hacia los hombres. Muchas veces actuamos como si Dios fuera un «objeto» y no una «persona», creemos que existe y queremos tenerlo a nuestro servicio (como hacían los pueblos que rodeaban a Israel), pero no nos relacionamos personalmente con él. 

El profeta es aquel que nos recuerda que Dios es una persona; el profeta es el «que habla en nombre de Dios» y nos ayuda a ver el mundo con los ojos de Dios, tal como él lo ve, lo juzga y lo condena; pero también, tal como él lo ama. 

Los profetas hablan del juicio de Dios, de su «ira» a causa de nuestros pecados, pero también nos hacen comprender el amor y la fidelidad de Dios, que no se cansa de llamar y perdonar a los hombres, de darnos una nueva oportunidad, de ofrecernos su amistad.

En Israel hay tres grupos sociales al servicio del plan de Dios sobre el pueblo: los sacerdotes, los profetas y los reyes. 

Los sacerdotes y los reyes reciben su misión por herencia (en el reino del norte hay muchos golpes de estado y reyes que se hacen con el poder usando la violencia, pero en el reino del sur todos los reyes son descendientes de David). 

En el caso de los profetas no es así. Cada uno ha sido llamado personalmente por Dios con una misión concreta, por lo que pueden pertenecer a cualquier tribu y a cualquier condición social (Am 7,15; Os 1,2; Is 6; Jer 1,4-10; Ez 2,3-3,9).

Hubo sacerdotes y reyes piadosos y sacerdotes y reyes impíos. También hubo profetas que cumplieron bien su misión y falsos profetas, que en lugar de anunciar la palabra de Dios, predicaban lo que los poderosos de turno y el pueblo querían oír. Por eso recibían muchos regalos y muestras de respeto. La Biblia insiste en que ninguno de estos últimos fue llamado por Dios, sino que ellos se inventaron la llamada y que se dedicaban a eso «por amor al dinero» (Mi 3,11). 

Los verdaderos profetas normalmente son incómodos y no se dejan comprar ni sobornar; por eso todos murieron mártires. «Así dice el Señor a los profetas que extravían a mi pueblo: Cuando tienen algo que morder, anuncian prosperidad; y declaran una guerra santa a quien no les llena la boca... Yo, en cambio, estoy lleno de fuerza por el Espíritu del Señor, que es fortaleza y justicia, para anunciar su culpa a Jacob, su pecado a Israel» (Mi 3,5-8).

La misión principal de los profetas bíblicos es anunciar la palabra de Dios e invitar a la conversión. A veces hablan del pasado y a veces del futuro, aunque normalmente hablan del presente, interpretando el sentido profundo de los acontecimientos, mirando más allá de las apariencias, invitando a los hombres a tomar decisiones concretas que vayan de acuerdo con su fe.

En la Biblia se nombran varios profetas que no fueron escritores (como Samuel, Natán, Gad, Elías y Eliseo) y se presentan como profetas a algunos personajes importantes de la historia israelita, como Abrahán y Moisés. 

Pero, normalmente, cuando hablamos de «los profetas» nos referimos a los libros bíblicos que recogen la actividad y los oráculos de algunos de ellos. Entre ellos hay dos grupos: los cuatro profetas «mayores» (llamados así por el tamaño de sus escritos): Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel, y los doce profetas «menores»: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías. 

El profeta Baruc fue «secretario» de Jeremías, por lo que el libro que lleva su nombre y el de las Lamentaciones se suelen colocar a continuación del de Jeremías. 

Aunque los libros de Jonás, Baruc, Lamentaciones y Daniel se colocan entre los proféticos, si nos atenemos a sus contenidos, los dos primeros deberían estar con los sapienciales, el tercero con los poéticos y el cuarto en una categoría propia: los apocalípticos.

3 comentarios:

  1. " EL PROFETA ES AQUÉL QUE NOS RECUERDA QUE DIOS ES UNA PERSONA ; EL PROFETA ES EL QUE HABLA " QUE HABLA EN NOMBRE DE DIOS " Y NOS AYUDA A VER EL MUNDO CON LOS OJOS DE DIOS , TAL COMO ÉL LO VE ................." " PERO TAMBIÉN , TAL COMO ´EL LO AMA ."

    " LA MISIÓN PRINCIPAL DE LOS PROFETAS BÍBLICOS ES ANUNCIAR LA PALABRA DE DIOS ."

    ¡¡¡ TODO BELLAMENTE ESCRITO ...!!! ¡ DIOS ENGENDRANDO ...AMANDO !!!!!!!!!!!

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  2. EN NUESTROS TIEMPOS TAMBIEN HAN HABIDO PROFETAS QUE POR DECIR LA VERDAD DELO QUEPASARIA LO ENCARCELARON Cuando paso fueron a pedirle perdon Pero ya era un martir Ya estaba en el cielo Ana Maria

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  3. Qué gran actualidad tiene este tema; pensemos en los medios de comunicación: la mayoría, al servicio de los poderosos a cambio de dinero; unos pocos, libres. Y esa libertad les cuesta muy cara.

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