Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 1 de febrero de 2015

Teología de la alianza (y 6): La alianza en los profetas


El profeta Oseas se sirve de su historia personal para explicar la alianza de Dios con su pueblo. Si el profeta ama a su esposa infiel y la perdona, ¡cuánto más Dios! Para Oseas, la alianza no es un contrato, sino una relación de amor: Dios ha elegido a Israel por pura gracia e Israel ha aceptado dar culto en exclusiva a YHWH. 

El profeta denuncia la ruptura de esta mutua pertenencia por parte de Israel y anuncia la fidelidad de Dios, que no puede negarse a sí mismo. También identifica la idolatría con el adulterio.

Jeremías resume los contenidos de la alianza en esta frase: «Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (Jer 11,4). Dios ha elegido a Israel y se ha comprometido a amarle, protegerle y rodearle de sus bendiciones. Pero respeta la libertad de los hombres. Cuando estos abandonan al único Dios verdadero y ponen su confianza en falsos dioses, Dios acepta su elección, con fatales consecuencias para ellos, que ya no gozan del favor de Dios.

Por eso, los profetas interpretan el desastre del exilio como las consecuencias de la ruptura de la alianza. Como ya hemos indicado en entradas pasadas, el reino del norte cayó el año 722 a. C. en manos de los asirios y el del sur el 587 a. C. en manos de los babilonios. Las tribus del norte nunca regresaron y se mezclaron con otros pueblos, desapareciendo para siempre. Solo quedaron las dos tribus y media del reino del sur.

Pero el amor y la fidelidad de Dios son irrevocables (cfr. Jer 31,3) y están por encima del pecado, por lo que los profetas anuncian una alianza nueva y definitiva, que durará para siempre: «Aunque se aparten las montañas y vacilen las colinas, mi amor no se apartará de ti, mi alianza de paz no vacilará, dice el Señor, que se compadeció de ti» (Is 54,10). 

Una alianza no escrita sobre tablas de piedra u otros documentos, sino en el corazón: «Pondré mi ley en su interior, la escribiré en su corazón, y seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer 31,33). 

En el exilio, Ezequiel retoma estas promesas de los profetas anteriores, convirtiéndolas en el principal contenido de su predicación: «Yo me acordaré de la alianza que hice contigo en los días de tu juventud y establecerá para ti una alianza eterna» (Ez 16,60).

La alianza tiene que ser «nueva» porque la anterior se hizo con un pueblo que ya no existe (o mejor, que ya no está completo porque le faltan las tribus del norte). Por eso los profetas anuncian que el mesías restablecerá las doce tribus de Israel «como en los tiempos de David», recogerá a los hijos de Dios dispersos y les dará «un corazón nuevo y un espíritu nuevo» (cfr. Ez 36). 

Este tema es esencial para comprender los escritos del Nuevo Testamento.

Como la alianza bíblica no es un pacto entre iguales, cuando el Antiguo Testamento fue traducido al griego, la palabra hebrea «berit» no fue traducida por «syntheke», que tiene el sentido de un pacto o acuerdo entre dos partes, con obligaciones recíprocas, sino por «diathéke», que tiene el significado de una decisión irrevocable de una persona en favor de otra, que nadie puede anular, especialmente cuando se escribe en un «testamento». 

Este es el motivo de que sigamos hablando hasta el presente de «Antiguo Testamento» y «Nuevo Testamento» para referirnos a los libros de la Biblia.

2 comentarios:

  1. Me encanta la Biblia y los profetas. Ana María.

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  2. El Dios revelado en el Antiguo Testamento es conmovedor. Llega a lo más hondo del corazón humano.

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