Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 20 de febrero de 2015

Fascinada por Cristo:


Al comenzar la historia de mi vocación, quiero agradecer a la Santísima Trinidad y a la Virgen María por el precioso don de la vocación. A Jesucristo, por su infinita Misericordia y por todo el amor con que ha llenado mi vida.


Los caminos del Señor son muchos y misteriosos, y Él se vale de muchas maneras para hacerle comprender al alma que la llama y la quiere para Sí. A mí, el Señor me reveló poco a poco mi vocación.

Todo comenzó con una inquietud que Él mismo despertó en mi corazón cuando tenía doce años, por medio de una persona conocida, quien me preguntó si me gustaría hacer una experiencia con la congregación donde estaba su hija. De inmediato me agradó la idea, pero yo no estaba aún madura para plantearme seriamente esa posibilidad, y además el futuro se veía tan lejos que la abandoné muy pronto. 


Mucho tiempo después, con esa paciencia amorosa que Jesús usa para atraer a los que quiere para Sí, volvió a tocar a mi puerta. Yo estaba en la universidad, en mi segundo año de bachillerato en Artes Plásticas. Sentía en mi alma un vacío, una inquietud de que algo me faltaba, pero no entendía qué podía ser. 

Por aquella época frecuentaba – cada vez que podía– la misa que se celebraba todos los jueves en el Colegio de Mayagüez (UPR) durante la hora universal, la cual organizaban los jóvenes del Grupo de Apostolado Católico – el GAC–, al que me uní algún tiempo después. 

Puedo decir que fueron los mejores años de mi vida universitaria los que viví, como miembro activa del grupo. Aún en medio del bullicio universitario y del ajetreo de las clases, Jesús me salía al encuentro, me buscaba y me seguía atrayendo cada vez más. Ya Jesús empezaba a convertirse en mi necesidad.

En el 2006, las Hermanas de la Caridad del Cardenal Sancha, quienes tienen casa en mi pueblo, anunciaron en el boletín de la misa dominical una convivencia vocacional, y yo, al verlo sentí una inquietud. Pensé: “¿por qué no probar?”, total, así acabaría con la dudita que tenía dentro, desde aquellos doce años, y me quedaría “con la conciencia tranquila y en paz con Dios y conmigo”, que “por lo menos iba a hacer el intento y me aseguraría ya de una vez que aquello no iba conmigo.” Claro, yo tenía planes muy diferentes a los de Dios…

Para mi gran sorpresa, ese día fui y desde el primer momento mi idea sobre las religiosas comenzó a cambiar. Ese día recibí un fuerte impacto porque me sentí por dentro como si Dios me apuntara con el dedo y me dijera “sí, tú misma”. Por el camino de regreso no salía del impacto, y pensaba que mi vida, más bien mis planes se iban a pique, y no me cabía en la mente verme como una monja.

Sin embargo, comencé a visitar a las hermanas y a conocerlas. Me di cuenta que son felices, llenas del amor de Dios, totalmente realizadas y que su vida es plena porque se entregaban a Cristo para el bien de las almas. A estas hermanas les estoy eternamente agradecida porque fueron guía y apoyo, y me ofrecieron su ayuda y caridad de manera generosa, desinteresada y sincera. 

Aunque la misión suya me agradaba muchísimo, sentía que mi corazón se inclinaba mucho más a la oración que a otro tipo de apostolado y actividad. Con todo, no tenía este aspecto muy claro aún y necesitaba descubrir qué Dios me pedía. 

Un verano se me dio la oportunidad de hacer una experiencia en la República Dominicana y visitar la casa de formación de las hermanas y otras comunidades, con el fin de conocer más profundamente qué quería el Señor de mí. Fue una de las experiencias más bellas y edificantes de mi vida.

Yo sentía una fuerte atracción hacia Jesús Sacramentado, y a estarme con Él al pie del sagrario. La experiencia del viaje hizo que pasara muchos ratos de oración ante el Santísimo Sacramento, pues en cada comunidad tienen oratorios y capillas, y además pude ir la santa misa con mayor frecuencia de la acostumbrada. Todo eso influyó mucho y fue el punto clave del descubrimiento que me faltaba por hacer…

Recuerdo que cuando era niña oí en una predicación que “Jesús se hacía prisionero en el sagrario, por amor a nosotros, quedándose oculto en la sagrada eucaristía.” Eso se me grabó profundamente en el corazón y me hizo pensar cuánto amor nos tiene, ya que siendo Dios se quiso hacer alimento de vida y amor, refugio y compañero nuestro. 

Entonces surgió en mi corazón la inquietud de conocer acerca de la vida religiosa contemplativa. Por aquel tiempo estaba leyendo Historia de un Alma, que es la autobiografía de Santa Teresa del Niño Jesús, y al leer la vida de esta gran santa me conmovió grandemente su vida. Se despertó en mí un deseo de conocer monjas carmelitas, pero no sabía que en Puerto Rico hubiese carmelitas.

Pero el Señor se encargó de llevarme de su mano, y me dio a conocer por un artículo del periódico El Visitante la comunidad de Monjas Carmelitas de Mayagüez. Leí todo lo que ellas escribieron y me identifiqué tanto con lo que allí se expresaba que decidí contactar con la promotora vocacional para ir a conocer la comunidad personalmente. 

A medida que fui descubriendo la vida monástica a través de las experiencias de retiro en el silencio, la oración, el diálogo, y el contacto personal con el Señor a través de su Palabra y la eucaristía, comprendí que esta es la vocación que Él quiso darme. 

Por su gran Misericordia quiso llamarme para que le sirviera en la vida consagrada para el bien de la Iglesia, del mundo y la salvación de las almas. Y cuando el Señor llama, da la gracia necesaria para corresponder a su llamada.

Esto es una muestra de las misericordias que el Señor me ha hecho, y con toda el alma le agradezco todo el bien que Él ha realizado en mí. Espero con la ayuda de su gracia y de la Santísima Virgen, continuar este camino precioso por donde Dios ha querido llevarme. 

De paso deseo exhortar a todos a que se den una oportunidad y se la den al Señor y tengan el valor de preguntarle ¿qué quieres de mí, Señor? En el silencio, la oración y la escucha atenta de su Palabra hallarán respuesta. El Señor no quita nada, lo da todo.

4 comentarios:

  1. Muy bonito este testimonio. Encontrarse con el Señor, conocerle y seguirle, colma las ansias de felicidad que todo ser humano lleva en su interior. Entiendo perfectamente a ésta y a todas las monjas, frailes y sacerdotes. "Señor, nos has hecho para Ti; y nuestra alma está inquieta mientras no descanse en Ti" (San Agustín). José Mª Celdrán.

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  2. Gracias por compartir su experiencia, me siento mucho más pequeña escuchando este testimonio, Dios nos llama para servirle como él quiere.
    "Te ofrezco todos los latidos de mi corazón como otros tantos actos de amor y de reparación, y los uno a tus méritos infinitos. Y te pido, divino Esposo mío, que seas tú mismo el Reparador de mi alma y que actúes en mí sin hacer caso de mis resistencias; en una palabra, ya no quiero tener más voluntad que la tuya. Y mañana, con la ayuda de tu gracia, volveré a comenzar una vida nueva."
    Conchita

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  3. Hermoso testimonio, te dejaste seducir y EL te sedujo mirando en tu interior diciéndote: "sí, tú misma." Por qué no....Responder a su llamada con valentía... Que el Señor nos colme siempre con su gracia y la Santísima Virgen nos lleve siempre de su mano. M.Jose

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  4. Me pensaste y me segiste y yo te digo como un dia te dije Señor solo sere para ti
    Ana Maria

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