Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 26 de febrero de 2015

Curso bíblico: 59. El libro de Daniel (y 2)


Jeremías habló de la destrucción de Babilonia y del regreso de los exiliados a Jerusalén 70 años después de la deportación (Jer 25,11; 29,10). Daniel recrea el texto y habla del final de las persecuciones y de la venida del mesías después de 70 semanas de años (Dan 9,24ss).

Especialmente se detiene en comentar los acontecimientos de la última semana, que inicia con la muerte de un ungido inocente y se cierra con la muerte de un príncipe perseguidor. 

Habla de las persecuciones de Israel y de la profanación del templo en tiempos de Antíoco IV Epífanes, pero tuvo mucha importancia en los textos patrísticos, que lo aplicaron a Cristo y a las persecuciones de los cristianos por parte del Imperio Romano.

También habla de los tiempos finales, de la victoria del arcángel Miguel en la lucha contra el mal, del juicio final y del establecimiento del reino de los Santos: «Entonces se alzará Miguel, el gran príncipe, el defensor de los hijos de tu pueblo... Las muchedumbres de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la eterna vida, otros para eterna vergüenza y confusión. Los sabios brillarán con el esplendor del firmamento, y los que enseñaron la justicia a la muchedumbre resplandecerán eternamente, como las estrellas» (Dan 12,1-3).

Las promesas escatológicas (sobre el final de los tiempos, en los que se manifestará la salvación definitiva de Dios) comenzaron con los profetas Isaías (24-27), Jeremías (28,16s), Joel, Zacarías…, pero encuentraron formulaciones nuevas (en lo que se ha dado en llamar género apocalíptico) en Ezequiel y Daniel, así como en numerosos textos extrabíblicos (apocalipsis de Elías, de Henoc y otros similares). 

Ese mismo estilo será utilizado más tarde en el Nuevo Testamento por los discursos escatológicos de Jesús, las cartas de san Pablo a los Tesalonicenses y el Apocalipsis de san Juan.

Daniel usa una expresión que tendrá mucha importancia en el Nuevo Testamento: «hijo del hombre». La podemos encontrar también en Ezequiel (donde aún equivale simplemente a «hombre, ser humano»). 

En el caso de Daniel se refiere a un ser extraordinario que en cierto momento recibe de Dios un dominio universal, participando incluso de poderes divinos. 

La tradición apocalíptica judía (libro de Henoc, IV libro de Esdras) lo aplicó a un enviado de Dios que parece compartir su misma naturaleza. 

Esta es la expresión que usan los evangelios cuando presentan a Jesús hablando de sí mismo, como cuando el sumo sacerdote le conjura a decir si él era el mesías: «Veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Padre...» (Mt 26,64).

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