Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 25 de febrero de 2015

Curso bíblico: 58. El libro de Daniel (1)


En tiempo de la dominación griega, cuando la persecución se hace más violenta, aparece este libro misterioso, que describe por medio de imágenes simbólicas el combate que las fuerzas del mal y los imperios paganos realizan contra Dios y contra su pueblo.


Fieras terribles representan a los imperios que se han sucedido en el dominio de la Tierra Santa. Aunque de momento los enemigos parezcan más fuertes, los creyentes saben que Dios y su causa terminarán triunfando.

Daniel en hebreo significa «Dios es mi juez». Un nombre muy apropiado para este libro, que anuncia repetidas veces el juicio de Dios sobre los gentiles y sobre la historia. 

Daniel habría sido un personaje de la nobleza judía que fue llevado cautivo a Babilonia por Nabucodonosor en el año 605 a. C. 

Junto con tres compañeros judíos (Ananías, Azarías y Misael) y otros jóvenes de distintas proveniencias, fue educado en la corte para ser consejero del rey, que quería tener una corte internacional. 

Daniel es el único que supo descifrar un sueño misterioso del monarca, por lo que se ganó su confianza y se convirtió en un alto cargo de la administración. Posteriormente también fue el único que supo interpretar otros sueños o dar consejos acertados. 

Esto suscitó las envidias de los sabios y adivinos de la corte, que intentaron acabar con él en varias ocasiones, llegando a arrojarlo a un foso con leones hambrientos, pero salió victorioso de todas las persecuciones.

La redacción final del libro es del s. II a. C. y consiste en una recopilación de textos escritos en tres idiomas distintos y en épocas diversas. 

La primera parte tiene secciones en hebreo y arameo (capítulos 1-12) y la segunda parte fue escrita en griego (capítulos 13-14 y el himno recogido en 3,24-90). 

Los capítulos 1-6 narran la historia de Daniel y se sitúan en la época de los imperios babilónico y persa, mientras que los capítulos 7-10 recogen varias visiones y se sitúan en la época de los seléucidas helenistas (s. II a. C.). Los capítulos 13 (la historia de la casta Susana) y 14 (Daniel se burla de los cultos idolátricos y mata a un dragón) vuelven a situarse en tiempos del Exilio. 

Por lo demás, hay muchas inexactitudes en los nombres, en las fechas y en los otros datos históricos, lo que nos indica que estamos ante una ficción literaria para transmitir unas enseñanzas. 

El autor no pretendía transmitir sucesos del pasado, sino consolar a los israelitas en tiempos de persecución, poniéndoles el ejemplo de la acción salvadora de Dios en otras épocas y animándoles a seguir confiando en él.

El estilo del libro no coincide con el de los proféticos. De hecho, en la tradición judía no forma parte de los «Profetas» (los «Nevi'im»), sino de los «Escritos» (los «Ketuvim»). 

Los libros apocalípticos proliferaron entre el siglo III a. C. y el siglo II d. C. Todos ellos hablan del final de una era (el mundo tal como había existido hasta entonces) y el inicio de otra (la renovación del mundo por obra del mesías enviado por Dios, a la luz de los escritos de los profetas). 

Cuando hablan del pasado, intentan descubrir en los acontecimientos el desarrollo de un proyecto salvador eterno, que se ha ido realizando en la historia a pesar de las oposiciones y dificultades. 

Cuando hablan del futuro, anuncian la realización plena y definitiva de ese proyecto eterno de Dios, que comenzó en el primer instante de la creación, se ha ido preparando en el tiempo y está a punto de manifestarse.

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