Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 10 de febrero de 2015

Curso bíblico: 55. El profeta Baruc


Baruc significa «bendito» en hebreo. Perteneció a la aristocracia de Jerusalén (su hermano Serayas tenía un alto cargo en la corte del rey Sedecías, cfr. Jer 51,59), pero abandonó todo para convertirse en el fiel compañero y amanuense de Jeremías, al que también acompañó en el destierro a Egipto (Jer 43,6).

El libro que lleva su nombre es una antología de cuatro textos tardíos escritos en griego (posiblemente en el s. II a. C.), aunque quizás alguna de sus partes tuvo una redacción original en hebreo que no ha llegado a nosotros.

La primera parte (Ba 1,1-14) es un prólogo histórico bastante artificial. 

Sigue una liturgia penitencial (1,15-3,8), en la que se afirma que el sufrimiento del exilio es la consecuencia de los pecados del pueblo. 

La tercera parte en un himno sapiencial (3,9-4,4) que identifica la sabiduría divina con el libro de la Torá, que recoge la ley de Dios «que permanece eternamente». 

La cuarta parte (4,5-5,9) es una homilía profética, que habla de la fidelidad de Dios, que no puede ser eliminada por la infidelidad de los hombres: «El que atrajo sobre vosotros estos males os traerá, junto con su salvación, la eterna alegría. ¡Animo, Jerusalén! El que te dio un nombre te consolará» (4,29-30).

En la versión latina se añade un nuevo capítulo que aparece como texto independiente en la griega. Es la famosa carta de Jeremías, un tratado contra la idolatría, que se presenta como una carta de Jeremías que advierte a los desterrados para que no se dejen deslumbrar por el esplendor del culto a los ídolos de Babilonia. 

Perfectamente podría ser una reflexión para los judíos sometidos a los griegos en el s. III a. C. y tentados de adoptar su religión, pero presentado como si fuera un texto más antiguo.

El estilo es directo y claro, fácil de comprender, aunque bastante repetitivo: «Así como una vasija rota ya no sirve para nada, así sucede también con sus dioses, una vez instalados en sus templos: sus ojos se llenan del polvo levantado por los pies de los que entran. Y así como a un hombre que ha ofendido al rey, se lo encierra en una celda, porque está condenado a muerte, así también los sacerdotes refuerzan los templos de esos dioses con puertas, cerrojos y trancas, para que no sean despojados por los ladrones… Su cara está ennegrecida por el humo del templo. Sobre su cuerpo y su cabeza revolotean murciélagos, golondrinas y otros pájaros; y también hay gatos. Por todo esto, reconoceréis que no son dioses: no los temáis, entonces» (6,15ss).

2 comentarios:

  1. ¡ Animo, hermanos ! Feliz día a todos...M.Jose

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  2. EL Dios de los cristianos esta vivo y nadie nos lo podra robar

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