Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

sábado, 7 de febrero de 2015

Curso bíblico: 53. Jeremías (y 3)


Cuando el rey, la corte y los notables del reino fueron deportados a Babilonia en año 597 a. C., Jeremías tiene para ellos palabras de esperanza, aunque afirma que deberán pasar setenta años antes de que puedan regresar de su exilio.

En el futuro contempla una restauración de las tribus de Judea y también de las de Israel (separadas de sus hermanas del sur desde el 928 a. C. y dispersas entre las naciones desde la destrucción de Samaría el año 722 a. C.). Finalmente, podrán volver a vivir unidas, porque Dios hará una alianza nueva y definitiva con un pueblo también renovado.

Ahora que el pueblo no puede poner sus esperanzas en las falsas seguridades, el Señor perdonará sus pecados y hará una nueva alianza con el resto que conserve la fe: «Vienen días, oráculo del Señor, en que yo sellaré con el pueblo de Israel y con el pueblo de Judá una alianza nueva... Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones... Yo perdonaré su maldad y no recordaré sus pecados» (Jer 31,31ss). 

Ya no será un pacto basado en obligaciones y castigos escritos en tablas de piedra, sino una alianza de amor escrita en los corazones. 

Jesucristo hará referencia a estas promesas. La elección de los doce apóstoles será un gesto profético que anuncia la restauración de las doce tribus en vista de la nueva alianza, sellada «con su sangre derramada para el perdón de los pecados» (cfr. Lc 22,19-20). Temas retomados después por san Pablo y la carta a los Hebreos.

Después de la deportación de los notables, Jeremías invitó al pueblo a permanecer en paz, aceptando la sumisión como castigo y purificación. 

En contra de la opinión del profeta, los supervivientes organizaron varias alianzas con pueblos vecinos para rebelarse contra los babilonios.

Como venganza, Nabucodonosor invadió y destruyó Jerusalén el año 586 a. C.

Un grupo de fugitivos se llevó a la fuerza a Jeremías a Egipto (Jer 43,6). Allí, en medio de la desesperación de los derrotados, vuelve a denunciar que la catástrofe ha sido causada por los pecados del pueblo, pero que Dios la usará como instrumento de purificación. También anuncia la destrucción de Babilonia y el retorno de los deportados a su tierra. 

Según la tradición, fue lapidado en Egipto por sus compatriotas.

Jeremías perseguido y maltratado se convierte en realización del siervo doliente de YHWH que anunció Isaías, anuncio y prefiguración de Jesús, que también se mantuvo célibe y se enfrentó al templo y a las autoridades y fue rechazado por los suyos, que fue arrojado en una cisterna antes de su pasión (la cárcel en la casa de Caifás) como antes lo había sido el profeta.

3 comentarios:

  1. ¡Qué poco hemos cambiado los seres humanos! Hoy, como hace siglos, las naciones siguen lapidando a los espíritus indomables, libres, independientes y clarividentes que VEN y dicen lo que la mayoría no quiere oír.
    Es más cómodo escuchar las palabras buenistas que aquéllas que reflejan la cruda realidad. Y es más fácil tildar de agresivo y lapidar al que pronuncia esas palabras. Así no hay que escucharlas. Pero, aunque se pueda acallar la voz insobornable que denuncia, la realidad, implacable e indiferente, seguirá allí y acabará aplastando a los lapidadores.

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  2. Señor quisiste nacer en un pais conflictivo para poner la paz y algunos no quisieron reconocerte Hasta cuando segiras teniendo paciencia CREO que eres la paciencia que no tiene fin Por que eres amor y coronas de gloria atantos cristianos que mueren inocentemente Ana Maria

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  3. Gracias, Señor, por los profetas antiguos y modernos, que nos ponen ante la verdad, aunque no queramos oírla muchas veces. Danos profetas y ayuda a los que ya tenemos entre nosotros. E.N.

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