Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 6 de febrero de 2015

Curso bíblico: 52. El profeta Jeremías (2)


En el año cuarto del reinado de Joaquín (604 a. C.), Jeremías dictó sus oráculos a Baruc, que los puso por escrito (Jer 36,4). Posteriormente los leyó al pueblo en el templo y a las autoridades en el palacio real. El rey se indignó con el profeta y mandó quemarlos (Jer 36,23), pero Jeremías volvió a escribirlos con la ayuda de Baruc (Jer 36,32).

El libro de Jeremías, tal como ha llegado a nosotros, no sigue un orden estrictamente lógico ni cronológico, sino que muchos textos se han mezclado sin que sepamos exactamente el criterio que siguieron los redactores finales. 

Los textos del profeta son de cuatro tipos principales: a) textos biográficos (la mayoría en tercera persona, compuestos por su fiel «secretario» Baruc), b) profecías contra Judea y Jerusalén, c) profecías contra las naciones paganas, d) profecías relativas a la restauración de Israel como nación en la que se volverán a unir las tribus del reino del norte y las del reino del sur.

El pueblo de Judea había sido testigo de la caída de Israel, pero ellos se sentían a salvo porque tenían a un descendiente de David en el trono y porque confiaban en que Dios moraba en su templo de Jerusalén. 

Jeremías les dice que eso no basta, que Dios no acepta el culto que le ofrecen en el templo si no va acompañado por una vida moral, y condena una falsa seguridad basada en el formalismo de un culto externo muy solemne, pero sin relación con la vida.

«No pongáis vuestra confianza en palabras engañosas, diciendo: ¡Oh, el templo de YHWH, el templo de YHWH! ¡Este es el templo de YHWH! Pues si mejoráis vuestros caminos y acciones, si hacéis justicia entre unos y otros, si no oprimís al peregrino, al huérfano y a la viuda; si no vertéis en este lugar sangre inocente, si no os vais tras de dioses extraños para vuestro mal, entonces yo permaneceré con vosotros en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres por los siglos de los siglos. He aquí que confiabais en palabras engañosas, que de nada sirven. Pues ¿qué? ¡Robáis, matáis, cometéis adulterio, perjuráis, quemáis incienso a Baal, vais tras dioses ajenos que no conocíais, y luego venís a mi presencia en esta casa, en que se invoca mi nombre, diciendo: Ya estamos salvos! ¿Es acaso a vuestros ojos esta casa, donde se invoca mi nombre, una cueva de bandidos? Mirad, que yo lo veo, oráculo de Yahvé» (Jer 7,4-11).

2 comentarios:

  1. Hemos de alabar a Dios por todos los dones que nos concede, darle gracias por su Hijo Jesucristo, por el Espíritu Santo, y amar al prójimo como a uno mismo, para así ser grato a los ojos de Dios, que siempre nos tiende la mano para seguirle, no dejándonos llevar por otros falsos ídolos. José Mª Celdrán.

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  2. ...falsa seguridad basada en formalismo de culto externo...cueva de bandidos...Que doloroso y triste resulta cuando se conoce esta realidad,el comodismo que nos seduce para no enfrentar"problemas"el egocentrismo y soberbia que nos muebe para pretender tener siempre la razón...En este paiz es difíl son pocos los que como niños se la creen y lo dan todo por El.Que el Señor tenga piedad de nosotros y nos haga verdaderamente humildes de corazón...Maggy.

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