Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 5 de febrero de 2015

Curso bíblico: 51. El profeta Jeremías (primera parte)


Después de haber hablado de los relatos bíblicos sobre los orígenes del mundo y del ser humano, de los patriarcas (Abrahán, Isaac y Jacob), de la liberación de Egipto, de la conquista de la Tierra prometida, de la monarquía, de la división de los hebreos en dos reinos y de los profetas anteriores al Exilio, llegamos al momento en que Judea cae en manos de los babilonios en el 587 a. C.

Jeremías es el último de los profetas anteriores a la destrucción de Jerusalén. Recibió su vocación siendo un adolescente, el 626 a. C. (Jer 1,4ss). Consciente de su pequeñez, intenta resistirse, pero YHWH le da ánimos y le asegura su asistencia, por lo que termina cediendo. 

De carácter dulce y tranquilo, habría querido vivir en soledad o al menos anunciar palabras de ánimo y esperanza, pero le tocó denunciar los pecados de sus contemporáneos y anunciar el castigo merecido, lo que le costó muchos sufrimientos.

Al contrario de Jonás, que huyó de la misión que se le confiaba, Jeremías se consagró por entero a una tarea que iba en contra de su carácter y perseveró hasta el final en la vocación recibida. 

Dios le ordenó permanecer célibe, como signo viviente de que estaba totalmente consagrado a su misión, sin ocuparse de nada más, ni aun de formar una familia.

Desde el principio de su ministerio, anunció el desastre inminente, como consecuencia de la corrupción moral, tanto de las autoridades civiles y religiosas como del pueblo llano; pero sus paisanos se burlaban de él, lo maltrataron, lo encarcelaron e incluso intentaron matarle, acusándole de traidor a la patria porque anunciaba que Babilonia destruiría Jerusalén y su templo por culpa de las rebeldías del pueblo. 

Hombre sensible y pacífico, nos ha dejado en sus confesiones un reflejo de su terrible sufrimiento interior y de las persecuciones a las que le sometieron sus contemporáneos: «¡Ay de mí, madre mía, que me engendraste hombre de pleitos y contiendas con todo el mundo! No he prestado, ni he recibido prestamos, y sin embargo todos me maldicen» (Jer 15,10). 

Su relación con Dios fue tormentosa. Le amaba sinceramente y se sentía amado, pero la misión que le encargó le desbordaba, por lo que a veces le dirige unas oraciones que son verdaderos lamentos: «Tú me sedujiste, ¡oh Señor! y yo me dejé seducir. Tú eras el más fuerte, y fui vencido. Ahora soy todo el día la irrisión, la burla de todo el mundo. Siempre que les hablo tengo que gritar: ¡Ruina, devastación! Y todo el día la palabra de YHWH es oprobio y vergüenza para mí. Y aunque me dije: “No pensaré más en ello, no volveré a hablar en su nombre”, hay dentro de mí como fuego abrasador, que siento dentro de mis huesos, que no puedo contener» (Jer 20,7-9).

La sensibilidad de Jeremías se manifiesta en su contemplación atenta de las cosas ordinarias: el mar (6,23), el viento ardiente del desierto (4,11), las aves (5,27), los prados y los pastores (6,3), la cierva sedienta (14,5), el trabajo del fundidor (6,29), del alfarero (17,1ss), del médico (6,14), los cantos del esposo y de la esposa (7,34), el sonido del tamboril (31,4), el ruido acompasado del molino y la luz de la lámpara…

2 comentarios:

  1. Me gusta la presentación que ha hecho de Jeremias me parecía que no lo leía sino que le escuchaba a Vd. contarlo, de esa forma tan sencilla y fácil con la que nos cuenta las cosas . Gracias, sigo en el blog a la espera.... feliz estancia en Ávila, cuidese del frio....M.Jose.

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  2. Qué duro: una misión que era contraria a su carácter. Difícil de entender.
    Jeremías, insobornable, pesimista (o, más bien realista) simpre me había caído bien. Ahora me cae todavía mejor.Buscaré las citas a las que aludes en el último párrafo.

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