Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 28 de enero de 2015

Teología de la alianza (2): La alianza del Sinaí


Dios sacó a los israelitas de la esclavitud de Egipto y los convirtió en «su» pueblo cuando hizo alianza con ellos en el monte Sinaí.

Primero les hizo una propuesta: «Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19,1-6). 

El contenido de la alianza se concretiza en los diez mandamientos, que son el camino que el hombre debe seguir para ser feliz (Ex 20). 

El pueblo libremente aceptó cumplirlos: «Moisés fue a comunicar al pueblo todas las palabras y prescripciones del Señor, y el pueblo respondió a una sola voz: “Estamos decididos a poner en práctica todas las palabras que ha dicho el Señor”» (Ex 24,3). 

Para sellar la alianza, Moisés roció con la sangre de algunos animales sacrificados el altar (imagen de Dios) y al pueblo (Ex 24,8). Después, los representantes del pueblo celebraron un banquete sagrado (Ex 24,11).

La alianza del Sinaí es el momento más importante de toda la historia de Israel. A su luz, todas las intervenciones anteriores de Dios son consideradas etapas preparatorias y todo lo que ha venido después es interpretado como el desarrollo del cumplimiento o traición del pueblo a la alianza del Sinaí, a la que Dios siempre permanece fiel. 


Por eso, toda la legislación de Israel (aunque en gran parte sea muy posterior) se pone en relación con Moisés y con la alianza del Sinaí, ya que se inspira en los principios establecidos entonces. 

También las alianzas que Dios hizo antes con Adán, con Noé o con Abrahán fueron hechas en vista de la alianza del Sinaí. Y las nuevas intervenciones salvíficas de Dios serán interpretadas como un «nuevo éxodo» o una renovación de la alianza sinaítica.

En el s. VII a. C. (cuando el reino del norte ya estaba en el exilio y el del sur estaba cerca de seguir su misma suerte) se reescribió el tratado de la alianza, detallando las consecuencias de cumplir las cláusulas o de olvidarlas y subrayando que Dios y el pueblo no se encuentran en el mismo nivel. La iniciativa partió de Dios, que ofreció a su pueblo la oportunidad de encontrar la vida verdadera si se fiaba de él y le obedecía. 


Así encontramos la formulación de la alianza en la redacción deuteronomista: «Hoy tú le has hecho declarar al Señor que él será tu Dios, y que tú, por tu parte, seguirás sus caminos, observarás sus preceptos, sus mandamientos y sus leyes, y escucharás su voz. Y el Señor hoy te ha hecho declarar que tú serás el pueblo de su propiedad exclusiva, como él te lo ha prometido, y que tú observarás todos sus mandamientos; que te hará superior –en estima, en renombre y en gloria– a todas las naciones que hizo; y que serás un pueblo consagrado al Señor, como él te lo ha prometido» (Dt 26,17-19).


El último capítulo del libro de Josué insiste en el mismo tema: Josué propone al pueblo que elija libremente si quiere asumir la alianza con Dios o rechazarla, advirtiendo de las consecuencias de sus decisiones y de su comportamiento posterior. El pueblo afirma por tres veces: «Queremos servir al Señor» (Jos 24,19.21.24). Como signo visible que les recuerde su compromiso, levantan una estela-altar.

2 comentarios:

  1. Siempre me han gustado mucho y me han llegado muy adentro las palabras de la cita de (Ex 19,1-6) Y ahora, al leer las del Deuteronomio (Dt 26,17-19), me pasa lo mismo: que me gustan mucho y me llegan muy adentro.

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