Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 11 de diciembre de 2014

Curso bíblico: 38. Isaías (primera parte)


Comencemos aclarando que en el libro de Isaías se recoge la predicación de tres profetas distintos:

- El primero (Is 1-39, escrito en siglo VIII a. C.) es anterior al exilio y anuncia el destierro del pueblo si no se convierte.

- El segundo (Is 40-55, escrito en el siglo VI a. C.) contiene el «libro de la consolación» en el que el profeta anuncia al pueblo desterrado que ya ha cumplido su condena y que pronto podrá regresar a su tierra.

- El tercero (Is 56-66, escrito en el siglo V a. C.) anima a los que trabajan en la reconstrucción de Jerusalén cuando los exiliados ya han regresado a su tierra.

El primer Isaías (Is 1-39) es poco posterior a Amós (el primer profeta escritor) y contemporáneo de Oseas y Miqueas. Su nombre (en hebreo «Yesa'yahu») significa lo mismo que el de Jesús: «YHWH salva». Literariamente, es el más elegante de todos los profetas del Antiguo Testamento.

Hacia el 740 a. C., cuando tenía unos 30 años de edad, tuvo en el templo de Jerusalén una experiencia de la santidad de Dios y de su trascendencia absoluta (Is 6,1ss). Escucha la llamada de Dios, pero se siente incapaz e indigno. 

Entonces un serafín le purifica con fuego. Al profeta solo le queda responder a la llamada y dice: «Aquí estoy, mándame».

El Señor le revela lo que será el contenido de su actuar profético: su anuncio será rechazado con obstinación por sus contemporáneos, que tienen los corazones insensibles y los oídos duros porque no quieren convertirse. 

En la parábola del sembrador, Jesús retoma este pasaje de la vocación de Isaías (Is 6,9-10) para explicar el rechazo a su predicación (cf. Mc 4; Mt 13; Lc 8).

Isaías se consagra a anunciar con vigor que Dios no puede ser engañado ni manipulado, denuncia la corrupción de las clases poderosas, las intrigas políticas y las falsas confianzas del pueblo en el ejército y en las alianzas con los imperios de alrededor para organizar guerras.

También condena la falsa religiosidad de los que pretenden justificarse ante Dios con sacrificios y ofrendas en el templo, pero no son sensibles ante los sufrimientos del prójimo, especialmente de los más pobres. Pide la conversión de Judea para no terminar exiliados como sus hermanos de Israel, pero no le escuchan.

«Oíd la palabra del Señor, escuchad la enseñanza de nuestro Dios. ¿Qué me importa la multitud de vuestros sacrificios? Estoy harto de holocaustos… Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid y litigaremos –dice el Señor–. Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana. Si sabéis obedecer, lo sabroso de la tierra comeréis; si rehusáis y os rebeláis, la espada os comerá. Lo ha dicho el Señor» (Is 1,10-20).

Además, anuncia la llegada de un mesías, al que se describe como un rey poderoso: Admirable consejero, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la paz, Retoño de Jesé, sobre el que descansará el Espíritu de YHWH. 

Él establecerá un orden social nuevo, basado en los valores de la alianza: «Saldrá un renuevo del tronco de Jesé, un vástago brotará de sus raíces. Sobre él se posará el Espíritu del Señor... Juzgará con justicia... El lobo habitará con el cordero...» (Is 11,1ss). En su tiempo cesarán los celos y enfrentamientos entre las tribus del norte y las del sur, que finalmente podrán vivir unidas y en paz.

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