Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 9 de diciembre de 2014

Curso bíblico: 36. El profeta Oseas


El profeta Oseas (760-722 a. C.). Un siglo después de Elías, Oseas levantó la voz contra las traiciones a la alianza, con el mismo vigor que su antecesor.


Su propio drama familiar le sirvió para explicar las relaciones de Dios con su pueblo. Se casó con Gómer, de la que se sentía profundamente enamorado, a pesar de que ella le engañaba con numerosos amantes, llegando a convertirse en prostituta. Oseas no se cansa de perdonarla y ofrecerle nuevas oportunidades, sin éxito. 

Es el primero que utiliza la imagen del «esposo» para hablar de Dios y de sus relaciones con Israel y del «adulterio» para referirse a la idolatría. Símiles poéticos que conservarán todos los escritores bíblicos posteriores a él.

Si el profeta es capaz de perdonar sin condiciones a su esposa infiel, ¿qué dejará de hacer Dios si nos volvemos a él? Un mensaje que rompe nuestros esquemas de justicia retributiva y nos abre a la misericordia divina.

«El Señor me dijo: “Anda y vuelve junto a la mujer que amas a pesar de sus adulterios, porque el Señor también ama a los hijos de Israel, aunque ellos se vuelven a otros dioses y les hacen ofrendas”... Yo sanaré su infidelidad. Los amaré gratuitamente... ¿Quién es tan sabio como para entender esto? Los caminos del Señor son rectos. Por ellos caminan los inocentes y en ellos tropiezan los culpables» (Os 3,1; 14,5ss).


Además de hablar de Dios como esposo paciente, también lo presenta como padre lleno de ternura: «Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo… Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia él y le daba de comer… ¿Cómo voy a abandonarte, Efraím? ¿Cómo voy a entregarte, Israel?... Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura: no daré libre curso al ardor de mi ira, no destruiré otra vez a Efraím. Porque yo soy Dios, no un hombre: soy el Santo en medio de ti, y no vendré con furor» (Os 11,1ss).

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