Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 4 de diciembre de 2014

Curso bíblico: 33. Los profetas


En los pueblos con los que se relacionaba Israel había profetas y adivinos, que estaban al servicio de los poderosos y del pueblo. A cambio de una aportación económica, buscaban tener a los dioses propicios así como conocer los días propicios y los infaustos para realizar determinadas actividades.

Los profetas hebreos, sin embargo, no tienen esa misión. No son nombrados por los reyes ni por el pueblo, ni están a su servicio. Son suscitados por Dios y no tienen miedo de enfrentarse a los poderosos y al pueblo para recordarles los compromisos de la alianza.

En la Biblia, el rasgo principal de la predicación profética es la revelación de la pasión de Dios hacia los hombres. Muchas veces actuamos como si Dios fuera un «objeto» y no una «persona», creemos que existe y queremos tenerlo a nuestro servicio (como hacían los pueblos que rodeaban a Israel), pero no nos relacionamos personalmente con él.

El profeta es aquel que nos recuerda que Dios es una persona; el profeta es el «que habla en nombre de Dios» y nos ayuda a ver el mundo con los ojos de Dios, tal como él lo ve, lo juzga y lo condena; pero también, tal como él lo ama. 

Los profetas nos hablan del juicio de Dios, de su «ira» a causa de nuestros pecados, pero también nos hacen comprender el amor y la fidelidad de Dios, que no se cansa de llamar y perdonar a los hombres, de darnos una nueva oportunidad, de ofrecernos su amistad.

En Israel hay tres grupos sociales al servicio del plan de Dios sobre el pueblo: los sacerdotes, los profetas y los reyes. Los sacerdotes y los reyes reciben su misión por herencia (en el reino del norte hay muchos golpes de estado y reyes que se hacen con el poder usando la violencia, pero en el reino del sur todos los reyes son descendientes de David). En el caso de los profetas no es así. Cada uno ha sido llamado personalmente por Dios con una misión concreta, por lo que pueden pertenecer a cualquier tribu y a cualquier condición social (Am 7,15; Os 1,2; Is 6; Jer 1,4-10; Ez 2,3-3,9).

Hubo sacerdotes y reyes piadosos y sacerdotes y reyes impíos. También hubo profetas que cumplieron bien su misión y falsos profetas, que en lugar de anunciar la palabra de Dios, predicaban lo que los poderosos de turno y el pueblo querían oír. Por eso recibían muchos regalos y muestras de respeto. La Biblia insiste en que ninguno de estos últimos fue llamado por Dios, sino que ellos se inventaron la llamada y que se dedicaban a eso «por amor al dinero» (Mi 3,11).

Los verdaderos profetas normalmente son incómodos y no se dejan comprar ni sobornar; por eso todos murieron mártires. «Así dice el Señor a los profetas que extravían a mi pueblo: Cuando tienen algo que morder, anuncian prosperidad; y declaran una guerra santa a quien no les llena la boca... Yo, en cambio, estoy lleno de fuerza por el Espíritu del Señor, que es fortaleza y justicia, para anunciar su culpa a Jacob, su pecado a Israel» (Mi 3,5-8).

La misión principal de los profetas bíblicos es anunciar la palabra de Dios invitando a la conversión. A veces hablan del pasado y a veces del futuro, aunque normalmente hablan del presente, interpretando el sentido profundo de los acontecimientos, mirando más allá de las apariencias, invitando a los hombres a tomar decisiones concretas que vayan de acuerdo con su fe.

1 comentario:

  1. Es el precio de la libertad y el precio de la clarividencia.

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