Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Curso bíblico: 30. La división del reino


Los últimos años del reinado de Salomón estuvieron marcados por el reclutamiento forzoso de trabajadores y por una enorme presión fiscal con la que poder realizar las numerosas construcciones que emprendió.

A su muerte, el año 928 a. C., el pueblo hizo saber su descontento a Roboán (1Re 12,1ss). Este, en lugar de aligerar sus cargas, las aumentó, lo que provocó que las tribus del norte lo rechazaran y se eligieran un rey propio en la persona del militar Jeroboán (1Re 12,16ss). Desde entonces, los hebreos se dividieron en dos reinos independientes y, a menudo, enfrentados entre sí.

Las 9 tribus del norte y media tribu de Leví (que no tenía territorio propio) formaron el reino de Israel, con capital en Siquem (posteriormente trasladada a la cercana ciudad de Samaría) y santuarios religiosos en Dan y Betel. En el reino del norte se sucedieron 19 reyes de distintas familias.

Al sur, las tribus de Judá y Benjamín y la otra media tribu de Leví, formaron el Reino de Judea, con capital en Jerusalén y reconociendo como único santuario el templo construido sobre el Monte Sión, en Jerusalén. En el reino del sur permanecieron los descendientes de David en el trono durante casi 500 años: Roboam, Abías, Asa, Josafat, Joram, Ocozías, Atalía, Joás, Amasías, Ozías, Jotán, Acaz, Ezequías, Manasés, Amón, Josías de Judá, Joacaz, Joaquín, Jeconías y Sedecías.

Desde entonces el reino del norte fue llamado «Israel» y sus habitantes «israelitas», mientras que el reino del sur fue llamado «Judea» y sus habitantes «judíos». Más tarde, con la desaparición del reino del norte, se utilizará la palabra «Israel» tanto para referirse a Jacob (el hijo de Isaac), como a todo el pueblo de Dios y al territorio que habita, y sus miembros serán llamados indistintamente «hebreos», «israelitas» o «judíos» hasta el presente.

[Tradicionalmente, la transcripción del reino del sur en español ha sido «Judea», aunque hoy se usa mucho llamarlo «reino de Judá», identificando el nombre del reino con el de una de las tribus que lo componían.]

Durante todos los siglos que duró la monarquía, los profetas fueron los educadores del pueblo. 

Los profetas de los fenicios y de los cananeos estaban al servicio de sus reyes, de los que recibían un sueldo. Sus oráculos tenían que dirigirse a ayudarles en sus tareas de gobierno. 

Por el contrario, los profetas de Israel estaban al servicio de Dios y siempre denunciaban los pecados del pueblo y condenaban sus injusticias, recordándoles que la Ley de Dios está por encima de las leyes humanas y de los intereses de los poderosos. 

Los profetas de Israel recuerdan continuamente a los reyes que no son dueños de sus súbditos, y mucho menos de Dios, sino meros servidores.

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