Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 21 de noviembre de 2014

Curso bíblico: 26. Saúl y el inicio de la monarquía


Hacia el año 1030 a. C., la situación de los israelitas se hizo especialmente difícil. Los filisteos, provenientes de las islas griegas y el Asia Menor, se expandían por el Mediterráneo desde unos 100 años antes. Primero intentaron apropiarse de las riquezas de Egipto, pero fueron vencidos por las tropas de Ramsés III. Los supervivientes de aquella expedición se establecieron en la costa occidental de la tierra prometida, la actual zona de Gaza, desde donde fueron conquistando las tierras de los pueblos cananeos y de los israelitas.

Los filisteos tenían un ejército organizado y armas de hierro y bronce, que sembraban el pánico en estos pueblos. Incluso llegaron a destruir el santuario de Silo y a apoderarse del Arca de la Alianza (cf. 1Sam 4,10ss).

Mientras tanto, las tribus de Israel estaban divididas y a menudo enfrentadas entre sí, por lo que el libro de los Jueces termina con estas significativas palabras: «En aquel tiempo no había rey en Israel, y cada uno hacía lo que le parecía» (Jue 21,25).

Samuel fue el último de los Jueces de Israel. Cuando se hizo viejo «se reunieron los ancianos de Israel, y le dijeron... “Nómbranos un rey, para que nos gobierne, como se hace en todas las naciones”» (1Sam 8,1ss). 

A Samuel no le gustó la idea, porque Israel no debería ser un pueblo como los demás y su único rey debería ser Dios mismo, pero terminó cediendo y consagró a Saúl, de la tribu de Benjamín, como primer monarca de los hebreos (1Sam 10,1ss).

Aglutinando fuerzas de las 12 tribus, pronto comenzaron sus victorias sobre los enemigos moabitas, edomitas, filisteos, amonitas y amalecitas. 

Pero el poder le llenó de orgullo y se hizo prepotente y suspicaz hacia los que podían hacerle sombra. Incluso llegó a consultar con una adivina y a arrogarse funciones sacerdotales, lo que supuso su caída. «Has rechazado la palabra del Señor y el Señor te rechaza a ti como rey de Israel» (1Sam 16,26).

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