Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 18 de noviembre de 2014

Curso bíblico: 23. Moisés y el camino por el desierto


Moisés se dispuso a cumplir con su misión y se dirigió a Egipto, donde pidió al faraón la libertad para su pueblo. Este no quería perder la mano de obra de los esclavos, por lo que se negó rotundamente; aunque, después de que Moisés realizara unos grandes prodigios (las 10 plagas), tuvo que terminar cediendo.

El pueblo consiguió la ansiada libertad durante las fiestas pascuales, que se convirtieron en el recuerdo anual de la salida de Egipto (Ex 12,1ss).

Mientras el pueblo iba de camino hacia la ansiada libertad, el faraón se arrepintió de haberles permitido partir, por lo que salió en su persecución. 

El pueblo se encontró sin posibilidad de salvación, con el Mar Rojo por delante y los egipcios por detrás. Entonces «Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor, por medio de un recio viento del Este, empujó al mar, dejándolo seco y partiendo en dos las aguas. 

Los israelitas entraron en medio del mar como en tierra seca, mientras las aguas formaban una especie de muralla a ambos lados... y las aguas se precipitaron sobre los egipcios, sus carros y sus caballos» (Ex 14,21ss). Así, los Israelitas se sintieron definitivamente liberados de sus opresores.

En el Monte Sinaí, Dios hizo Alianza con su pueblo, entregando a Moisés las tablas de la ley, que contenían los 10 mandamientos, además de otras normas para regular el culto y la convivencia (Ex 20,1ss).

Durante los 40 años que duró la travesía, se manifestó el poder y la misericordia de Dios, que «hirió a los primogénitos de Egipto, sacó a su pueblo como a un rebaño y lo condujo por el desierto. Los llevó con seguridad hasta la tierra sagrada» (Sal 78,51ss), les ofreció agua que manaba de la roca y alimento abundante (maná y codornices), los defendió de las serpientes que los mordían y de los enemigos que los atacaban, los introdujo en la Tierra Prometida y los acogió como Señor del territorio, ofreciéndoles descanso en su casa. 

Esta idea queda recogida en muchos textos posteriores de la Escritura: «Saliste, oh Dios, al frente de tu pueblo, los guiaste por el desierto... reanimaste tu heredad extenuada y tu rebaño habitó la tierra que tu bondad les había preparado» (Sal 68,8ss); «Te abriste un sendero por el mar... y guiaste a tu pueblo como a un rebaño» (Sal 77,20-21).

El libro del Éxodo, que narra el camino de Israel por el desierto hacia la Tierra Prometida, se convierte en imagen de nuestra vida: El Señor nos guía y nos acompaña, nos instruye y nos corrige todas las jornadas de nuestra existencia, hasta el día en que entremos en el descanso definitivo. 

El salmo 95 insiste en esta idea, invitándonos a aprender de los errores cometidos por los israelitas en su caminar por el desierto, para no repetirlos: «Ojalá escuchéis hoy su voz. No endurezcáis vuestro corazón... como en el desierto, cuando me tentaron vuestros antepasados... Son un pueblo que no conoce mis caminos, por eso juré airado que no entrarían en mi descanso».

El desierto se convirtió, así, en el lugar de la tentación, la prueba, la murmuración, el pecado, la idolatría y también de la conversión. El lugar donde se descubre que Dios perdona siempre y continúa dando vida, alimento, salud y victoria. El lugar donde se puede hacer la verdadera experiencia del encuentro personal con Dios: «La llevaré al desierto y le hablaré al corazón... Ella me responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que salió de Egipto... Y te desposaré conmigo en fidelidad» (Oseas 2,16).

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