Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 27 de octubre de 2014

Curso bíblico: 6. La «revelación»


La Filosofía habla de Dios como de un ser omnipotente, inmutable, feliz en la contemplación de sus perfecciones, motor inmóvil, causa increada, principio sin principio... Las distintas religiones también hablan de Dios, de los dioses o de lo divino, como aquel ser o aquellos seres que gobiernan el universo, las estaciones, la vida sobre la tierra, que justifican o mantienen el orden establecido o que remedian las necesidades de los hombres.

A lo largo de los siglos se han escrito páginas sublimes sobre Dios y sobre el culto que debemos ofrecerle y otras verdaderamente deplorables. Al fin y al cabo, son cosas que los hombres –normalmente con buena voluntad– han dicho o escrito sobre Dios. Pero no debemos olvidar que «a Dios nadie le ha visto nunca» (Jn 1,18) y que, por lo tanto, todos nuestros pensamientos sobre él son meras suposiciones.

Hablando de esto, san Juan de la Cruz explica que «así como nuestros ojos pueden ver los objetos iluminados por la luz, pero no pueden mirar directamente al sol, porque el exceso de luz los quemaría, así nuestro entendimiento puede comprender las obras de Dios, pero no a Dios mismo, porque supera nuestras capacidades».

Por lo tanto, aquí no hablaremos de lo que los hombres han dicho sobre Dios a lo largo de los siglos (por muy interesante que sea), sino de lo que Dios nos ha dicho sobre sí mismo, sobre el mundo y sobre nuestro origen y nuestro destino.

La Sagrada Escritura enseña que Dios ha tenido una paciencia infinita con los hombres, porque nos ama como un padre a sus hijos. Ya antiguamente se manifestó de formas muy variadas a aquellas personas de buena voluntad que buscaron sinceramente su rostro y, de manera progresiva, se fue revelando. Esto era una preparación para su manifestación definitiva. Finalmente, en Cristo se ha dado del todo, de manera directa, sin intermediarios: «Muchas veces y de muchas maneras habló Dios a nuestros padres en el pasado, por medio de los profetas. Ahora, en estos tiempos finales, nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1,1-2).

La pretensión cristiana es que «al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su propio Hijo, nacido de una mujer» (Gal 4,4). En su infinita misericordia, Dios nos ha hablado. Primero, por medio de mensajeros que preparaban y prometían una revelación más plena. Finalmente, de una manera definitiva, haciéndose uno de nosotros, usando nuestro propio lenguaje para que podamos entenderle.

Estudiando la Sagrada Escritura, descubrimos que Dios se revela, se manifiesta, sale al encuentro de los hombres. Esta revelación tiene unas características:

1. La revelación es progresiva. Dios no se revela por completo de una vez, sino con un ritmo compuesto de etapas y esperas, de intervenciones y de ausencias... en el que Dios respeta las capacidades del hombre y manifiesta su pedagogía de condescendencia. Dios, que sale al encuentro del hombre, no lo fuerza, sino que respeta siempre su libertad y sabe tener paciencia infinita con él. San Juan de la Cruz dice que «si lo hiciera al paso de Dios lo haría todo de una vez, pero como se adapta al paso de los hombres, lo hace poco a poco».

2. La revelación está guiada por una tensión hacia el futuro. La revelación está continuamente incompleta, por eso tiende hacia su plenitud, hacia su realización definitiva, de la que cada etapa es adelanto, anuncio, prefiguración, promesa. Todo el Antiguo Testamento se dirige hacia Cristo y culmina en él, perfecto revelador del misterio de Dios.

3. Hay una coherencia interna en la revelación. A pesar de que se realiza a lo largo de muchos siglos y los libros bíblicos se escriben en varios lugares, por personas distintas, cada etapa presupone a las anteriores y las desarrolla. Los textos bíblicos se iluminan mutuamente y mantienen una profunda unidad interna. Aunque notemos fuertes diferencias en las imágenes, siempre podemos encontrar unos temas fundamentales y una unidad interna que dan cohesión al conjunto. No son acontecimientos aislados, sino orgánicamente vinculados entre sí.

4. Los destinatarios son personas concretas y un pueblo concreto. Es, por lo tanto, al mismo tiempo personal (afecta a la libertad y al conocimiento de cada uno de sus protagonistas) y comunitaria (se dirige al conjunto y madura a través de la implicación de todo el pueblo). Se dirige a Abrahán, Moisés, Elías... como mediadores ante el pueblo de Israel que, a su vez, está llamado a convertirse en el trámite para que la revelación de Dios llegue a todos los pueblos y a todos los hombres.

5. La iniciativa siempre parte de Dios. El hombre busca natural y sobrenaturalmente a Dios como el sentido último de su vida, y todas las religiones manifiestan esta búsqueda de Dios. Podemos decir que representan un movimiento «ascendente» de los hombres hacia Dios.

Lo que caracteriza la fe de Israel es que Dios busca al hombre, incluso cuando el hombre no lo quiere acoger. Dios «llama», «escoge», «habla», «se manifiesta»... a Abrahán, a los profetas, al pueblo... Culminando en la afirmación del Nuevo Testamento: «Se ha manifestado el amor que Dios nos tiene... en que él nos amó primero» (1Jn 4,9-10). Por lo tanto es un don libre y gratuito de Dios al hombre. La revelación supone un movimiento «descendente» de Dios hacia el hombre.

Israel no se encuentra en primer lugar con Dios a partir de una reflexión intelectual o del estudio de la naturaleza, sino a partir de su historia, en la que Dios interviene haciendo alianza con el pueblo, salvando. Si queremos llegar a comprender la fe de Israel en YHWH (nombre hebreo de Dios, que se lee Yavé), hemos de acercarnos a los acontecimientos que la han originado. Dios se automanifestó a algunas personas, a un pueblo y ellos nos transmiten su experiencia.

1 comentario:

  1. Me gusta mucho la forma que tienes de tratar el tema. Lo encuentro muy útil para uno de los grupos bíblicos de los que soy monitora. Gracias.

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