Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 11 de agosto de 2013

Tened encendidas las lámparas


En el evangelio de hoy, Jesús nos invita a estar con la lámpara encendida, preparados como los que aguardan a que su Señor vuelva en medio de la noche para abrirle apenas llegue. De eso hablan también la primera lectura que afirma: "Tu pueblo esperaba la salvación de los inocentes y la perdición de los culpables" y la segunda que nos invita a seguir el ejemplo de Abrahán y los patriarcas que vivieron con la esperanza del cumplimiento de las promesas.

Como los patriarcas y como el pueblo de Israel al salir de Egipto, nosotros hemos escuchado la Palabra de Dios que nos anuncia los cielos nuevos y la tierra nueva en los que reinarán la justicia y la paz. Como a ellos, nuestra fe y nuestra esperanza nos mueven a confiar en las promesas de Dios, que no defrauda.

La invitación a estar en vela, preparados para el encuentro con Cristo, no significa vivir en ansiedad pensando que en cualquier momento puede llegarnos la muerte y no estamos preparados. Al contrario, significa vivir con el gozo de saber que Cristo quiere darnos su reino, llevar a plenitud su obra de salvación, hacernos partícipes de su misma vida.

El dueño de un restaurante puede estar preocupado si le llega una inspección, aunque no cometa fraudes ni sirva comida caducada y pague puntualmente a sus trabajadores, aunque tenga sus papeles en orden y el local limpio. Siempre le pueden buscar algo que no se adapta a la normativa, que cambia continuamente: que si los extintores no son suficientes, que si los baños no están adaptados para los inválidos, que si las mosquiteras de las ventanas no cierran herméticamente...

Pero Jesús no es un inspector que viene a controlar si todo en nuestra vida está en orden. Él viene a salvarnos, a ofrecernos el perdón y la vida eterna. Por eso no tenemos miedo de su llegada, sino que la deseamos y rezamos con santa Teresa de Jesús: "Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero".

2 comentarios:

  1. ¡Oh muerte tan deseada!
    Puedes venir cuando quieras.
    No temo yo tu llegada
    ni tampoco que me hieras.
    Cristo me saldrá al encuentro
    salvándome para siempre,
    y en su perdón amoroso,el ego
    ya destruído lo gozaré plenamente

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  2. Y así gemimos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celeste...

    Ven, Señor Jesús

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