Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 4 de agosto de 2013

Guardaos de toda clase de codicia


En el evangelio de hoy (Lc 12,13-21), Jesús dice: «Guardaos de toda clase de codicia; pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes». Jesús no condena la riqueza, sino la codicia. Jesús no desprecia los bienes materiales, pero advierte del peligro de convertirnos en sus esclavos. 

Un cuchillo no es ni bueno ni malo. Si lo uso para pelar patatas, lo empleo correctamente y es útil. Si lo uso para cortarle el cuello a mi vecino, soy yo el que hago un mal uso de ese objeto. 

Así sucede con todos los bienes materiales. Son medios al servicio de los hombres. Nunca deberían ser fines en sí mismos. 

Ya lo advirtió Jesús: «Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6,21). Si lo más importante para nosotros es tener una buena casa, un buen coche, un trabajo estable, un cuerpo sano y joven... allí centraremos el corazón, las energías, los esfuerzos.

No digo que esas cosas sean malas, sino que no son las prioritarias. Por desgracia, muchas veces por cuestiones de herencias se pelean los hermanos y se enfrentan las familias. No hay que renunciar a la justicia, pero hay que tener claro qué es lo más importante.

La codicia ha corrompido nuestra sociedad. Por codicia muchos han trabajado como burros, para tener una casa en la ciudad y otra en la playa, un coche más grande que el del vecino, ropa de marca, joyas... Han trabajado tanto que no tenían tiempo para sus padres ni para sus hijos.

Por codicia algunos políticos han aceptado sobornos y han hecho prevalecer sus intereses sobre el bien común. Por codicia algunos empresarios no han invertido en la seguridad de sus trabajadores o en la mejora de sus instalaciones. Por codicia muchas personas normales no han arreglado los papeles de la ecuatoriana que cuida de sus abuelos. Por codicia hemos cerrado nuestras casas a los vecinos y no hemos compartido los bienes con los desconocidos... ¿y qué decir de la especulación inmobiliaria, de los fondos de inversión preferentes, de los sobresueldos, de los cohechos y prevaricaciones, de los engaños y estafas?

De una manera o de otra, la codicia nos afecta a todos. Pero la verdad es que no somos más felices que antes, cuando teníamos menos bienes y menos miedos, menos necesidades y menos trampas.

¿Cuál es la solución? La de siempre: salir de nuestras comodidades para ayudar al necesitado, no quedarnos indiferentes ante los que sufren, compartir nuestros bienes, nuestro tiempo y nuestras capacidades, tomar conciencia de que no somos propietarios sino solo administradores de las cosas y de los talentos.

De niños lo aprendimos en el catecismo, pero quizás se nos ha olvidado: Contra soberbia, humildad; contra codicia, generosidad; contra lujuria, castidad; contra ira, paciencia; contra gula, templanza; contra envidia, caridad y contra pereza, diligencia. Amén.

5 comentarios:

  1. Gracias, padre, por la reflexión. Yo estaba un poco confuso, pero me ha ayudado la indicación de que Jesús no condena los bienes materiales, sino la codicia, el deseo desenfrenado y el mal uso de los mismos. El Señor nos ayude a poner el corazón solo en Él. Paolo.

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  2. Atesorar tesoros para el cielo Dice el Señor Que no nos dejemos
    llevar por las cosas del mundo Aquello que no nos podremos llevar
    Ana Maria

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  3. Este es un mensaje que repite continuamente el papa Francisco y que deseo tener siempre muy presente.¡Es
    tan fácil almacenar cosas que no necesitamos!
    El Papa,se lo he oído varias veces,atribuye a su abuela esta sabiduría:"La mortaja no tiene bolsillos"
    Quiero:"No anteponer nada al amor de Cristo" utilizando las palabras de S.Benito.
    PAZ y BIEN para todos.

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  4. Vanidad de vanidades...
    Qué buena ilustración la foto y es que nos llenamos de tantas cosas innecesarias...
    Quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta qué verdad SOLO DIOS BASTA
    Saludos desde Panamá

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  5. Que lástima no darse cuenta del tesoro de Dios, y peor aún, darse cuenta y no buscarlo. Gracias por explicarlo. Saludos desde Castellón.

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