Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 7 de marzo de 2013

Prácticas cuaresmales: la limosna


La Biblia la recomienda encarecidamente: «Haz limosna con tus bienes y no te desentiendas de ningún pobre y Dios no se desentenderá de ti. Da limosna según tus posibilidades. La limosna libra de la muerte y no deja entrar en las tinieblas. Si algo te sobra, dalo en limosna y no te entristezcas al darlo» (Tob 4,7-16). La limosna hace agradables a Dios nuestras ofrendas y oraciones. Más aún, entre los frutos de la limosna se encuentra también el perdón de los propios pecados: «La caridad cubre multitud de pecados» (1Pe 4,8).


En primer lugar, la limosna enseña a tener una relación correcta con las otras personas. Cuando el Antiguo Testamento estableció la obligación del diezmo para socorrer a los levitas, a los emigrantes, a los huérfanos y a las viudas (cf. Dt 14,28-29), indicaba a los israelitas la importancia de la limosna y les ofrecía un cauce para realizarla. De alguna manera, el diezmo recordaba que lo que hemos recibido de Dios no es para nosotros solos, por lo que no podemos desinteresarnos de los demás.

En segundo lugar, la limosna ayuda a tener una relación correcta con las cosas, ya que enseña que los bienes de la tierra no son fines en sí mismos, sino medios para asegurar la subsistencia (la propia y la de los demás). La tentación de idolatrar las riquezas es tan fuerte que Jesús tiene que advertir con severidad: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lc 16,13). Es sorprendente comprobar cómo nuestros corazones pueden terminar siendo esclavos de sus posesiones. Si somos capaces de compartir, aunque nos cueste, entramos en la verdadera libertad de espíritu.

Por último, una característica propia de la limosna cristiana es la discreción, según la enseñanza de Cristo: «Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha; así tu limosna quedará en secreto» (Mt 6,3-4). Podría parecer que hay que dar publicidad a las buenas obras, para que otros se sientan llamados a realizarlas también; sin embargo, el riesgo de la autocomplacencia es muy peligroso.

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