Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 27 de marzo de 2013

Los orígenes de la Pascua (y 3)

Jesús participó regularmente en la celebración de la Pascua, tal como recuerdan los evangelios: «Sus padres iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre» (Lc 2,41-42); «Como ya estaba cerca la fiesta judía de la Pascua, Jesús subió a Jerusalén» (Jn 2,13; cf. 6,4; 11,55).

Jesucristo murió y resucitó durante unas fiestas pascuales. A la luz de estos acontecimientos, los discípulos comprendieron el misterio de Cristo y se les abrió una nueva clave de lectura de toda la Escritura. La Pascua de Jesús se interpretó como el «paso» de la muerte a la resurrección, apoyándose en san Juan, que afirma: «Era la víspera de la fiesta de Pascua. Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre. Y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). 

Así, la Pascua comenzó siendo el «paso» anual de los pastos de invierno a los de verano para los pastores seminómadas de la zona mediterránea, después se convirtió en el recuerdo anual del «paso» de la esclavitud a la libertad para los hebreos y, por último, pasó a ser para los cristianos la celebración del «paso» de Jesús de la muerte a la vida.

Al principio, los cristianos solo tenían una celebración litúrgica: el domingo. En la Eucaristía vivían el encuentro con Cristo resucitado y hacían memoria de toda su obra de salvación, en la espera de su venida gloriosa al final de los tiempos (cf. 1Cor 11,26).

Pero muy pronto se comenzó a tener una celebración anual de la Pascua del Señor. Los primeros testimonios escritos son del s. II, pero la celebración es anterior. De hecho, en la Epistula Apostolorum se recoge un diálogo en que los apóstoles preguntan al Señor si deben seguir celebrando la Pascua después de su muerte, a lo que Él responde que sí. Podría ser la respuesta del autor a una polémica sobre la legitimidad de una Pascua cristiana.

Con el tiempo se planteó un problema sobre el día exacto en que debía celebrarse. El año 195, el obispo Polícrates de Éfeso se dirigió al Papa Víctor para dirimir la cuestión. Las comunidades de Asia menor terminaban los ayunos de preparación con la primera luna llena de primavera, el 15 de Nisán, independientemente del día de la semana en que cayera. La tarde anterior celebraban la Pascua cristiana, que coincidía con la Pesaj judía. En el resto de las Iglesias los ayunos se daban por terminados el sábado siguiente, y la Pascua se celebraba siempre en la noche del sábado al domingo. El Papa Víctor quería apartar a Polícrates de la comunión católica si no cambiaba la fecha. Pero san Ireneo de Lyon le recordó que la misma cuestión se había planteado ya hacia el año 150, entre san Policarpo de Esmirna (que fue su maestro) y el Papa Aniceto de Roma. Aunque no llegaron a ningún acuerdo, ambos mantuvieron la concordia. Lentamente, las iglesias de Asia menor fueron asumiendo la costumbre de celebrar la Pascua el domingo siguiente al 14 de Nisán, y el problema quedó superado.

Cuando ya había desaparecido la cuestión «cuatordecimana» (sobre el día en que se debía celebrar la Pascua), surgió un nuevo problema: la manera de calcular la llegada de la primera luna llena de primavera. Al principio, los cristianos aceptaban los cálculos judíos y, a partir de ellos, regulaban su propia fecha. En cierto momento, los judíos adoptaron una nueva manera para fijar la fiesta, que solo tenía en cuenta la visión de la luna desde la tierra, pero no el equinoccio (la situación de la tierra en relación con el sol). Algunas comunidades cristianas los siguieron pero, con los nuevos cálculos, a veces caía el plenilunio pascual antes del equinoccio de primavera. Otros adoptaron cálculos astronómicos distintos, distanciándose de los judíos, por lo que las fechas no siempre coincidían.

La cuestión no se solucionó hasta el concilio de Nicea, el año 325, en que los padres conciliares pidieron al obispo de Alejandría que se encargara cada año de hacer los cálculos pertinentes para determinar la fecha exacta de la Pascua y de las otras fiestas que dependen de ella. Por la carta de los Padres conciliares al obispo de Alejandría, la del emperador a todos los obispos y el testimonio de san Atanasio, se conocen las determinaciones: «que la Pascua debía caer siempre en domingo, que no sea celebrada nunca en el mismo día que la pascua judía, que debe fijarse la fecha en la primera domínica después del 14 de Nisán, computado no con el sistema judío, sino de forma que no pueda nunca anticiparse al equinoccio». 

Todas las Iglesias asumieron la celebración de la Pascua el domingo siguiente a la primera luna llena después del equinoccio de primavera, lo que se ha conservado hasta el presente (las divergencias actuales se deben a que la mayoría de las Iglesias ortodoxas no siguen el calendario gregoriano, sino el juliano). 


El Vaticano II afirmó que la Iglesia no sería contraria a una celebración anual de la Pascua en fecha fija, siempre que sea en domingo (SC apéndice, 1). En 1975 se llegó a un consenso para celebrarla el domingo siguiente al segundo sábado de abril. Las comunidades occidentales lo aceptaron, pero no las ortodoxas, por lo que no se aplicó.

2 comentarios:

  1. Si todas las Iglesias nos hemos puesto de acuerdo en la celebración de la Pascua el domingo siguiente a la primera luna llena después del equinoccio de primavera, nos podemos poner de acuerdo en muchas cosas más. Muchas gracias :)

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  2. Y despertar para darme cuenta cunato DIOS me amo, nos amo hasta el extremo, y murio por nosotros pecadores.Dame, mi Jesus, la gracia de amarte cada dia mas y mas,hasta yo tambien morir de amor por ti y por los demas y si es posible hasta el extremo.

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