Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 4 de marzo de 2013

Año de la Fe: el perdón de los pecados


En el Padre Nuestro, decimos: «perdona nuestra ofensas». La versión antigua en español, recogía la palabra «deudas», que es la traducción literal del texto usado por Mateo. Por su parte, Lucas utiliza el término «pecados». Los tres términos están relacionados, ya que nuestras ofensas o pecados son deudas ante Dios. 

Algunos textos tomados de la predicación del Señor nos pueden ayudar a comprenderlo. Por ejemplo, la parábola de los talentos (cf. Mt 25,14-30) dice que todos hemos recibido de Dios algunos dones o capacidades que tenemos que desarrollar. Cuando el Señor pide cuentas a sus empleados, felicita a los que así lo han hecho y llama «malvado» al siervo perezoso, porque no ha hecho fructificar los talentos recibidos. En otro lugar dice que el árbol que no produce frutos buenos debe ser cortado y echado al fuego (cf. Mt 7,19). Lo mismo sucede con el sarmiento que no da fruto (cf. Jn 15,2). Y en el juicio, los hombres darán cuenta de las cosas malas que hicieron, pero también de las cosas buenas que dejaron de hacer: «Tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, estuve desnudo y no me vestisteis…» (Mt 25,42ss). 

Nuestros pecados positivos (las cosas malas que hacemos) o de omisión (las cosas buenas que no hacemos), son muchos y muy variados; principalmente consisten en que no hemos acogido la recomendación de san Pablo: «Os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios» (2Cor 6,1). Avergonzados, reconocemos que la gracia de Dios se ha derramado demasiadas veces «en vano» sobre nosotros.

No podemos engañarnos pensando que somos justos ante Dios, ni sentirnos autosuficientes en su presencia. Por el contrario, siempre necesitamos de su misericordia, por lo que suplicamos el perdón: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos; pero, si reconocemos nuestros pecados, Dios que es fiel y justo, perdonará nuestros pecados y nos purificará» (1Jn 1,8-9). 

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento se insiste en la universalidad del pecado y en la necesidad del perdón: «Todos están bajo el pecado, tanto los judíos como los gentiles» (Rom 3,9). Solo el que sabe que su enfermedad es grave acudirá al médico y aceptará someterse al tratamiento que le prescriba. Igualmente, solo quien comprende la gravedad de su pecado puede pedir perdón, solo quien se sabe perdido puede acoger al Salvador, rezando con el salmista: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado […]. Contra ti solo pequé…» (Sal 51 [50],1ss). 

2 comentarios:

  1. <<Contra ti,cometí la maldad que aborreces[...].Oh Dios,crea en mí un corazón puro,renuévame por dentro con espíritu firme...(Sal 50)
    Este salmo me encanta y lo recito con frecuencia para reconocer mis pecados.
    Padre Eduardo,perdone si mi pregunta es
    una intromisión:¿Se ha recuperado totalmente de su viaje apostólico?
    Gracias por su felicitación de abuela.B

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    1. Querida Betania, No he parado desde que regresé de Dominicana y Cuba y la semana próxima vuelvo a Puerto Rico. A mí me descansa cambiar de actividad (y el buen tiempo). Gracias por tu interés.

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