Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 8 de febrero de 2013

Vida de san Pablo (7)

En cada ciudad que he visitado, anunciaba la Palabra de Dios a todo el que me quería escuchar. Como la madre que alimenta a su hijo pequeño con papilla, yo explicaba una y otra vez el Evangelio con palabras sencillas, para que todos me pudieran entender (cf. 1Tes 2,7). Hablaba de Jesús, de su amor por nosotros, de su muerte y resurrección, de sus enseñanzas…

Muchos se burlaban de mí y me maltrataban, pero yo nunca me daba por vencido (cf. Hch 16,22ss). Otros me escuchaban con atención y se interesaban por lo que yo les decía. A estos les dedicaba todos mis esfuerzos y les exponía con paciencia todos los contenidos de nuestra fe cristiana. Después de algunos meses (a veces, incluso años), cuando ya estaban bien preparados, los bautizaba e imponía las manos sobre ellos, invocando el don del Espíritu Santo (cf. Hch 19,5-6). Con ellos formaba una comunidad de cristianos.

Cuando la Iglesia ya estaba consolidada en una ciudad, me disponía para volver a empezar todo el trabajo en un sitio nuevo. Las despedidas siempre eran muy dolorosas, porque yo tomaba mucho cariño a toda esa gente y ellos también se encariñaban conmigo (cf. Hch 20,37-38).

Antes de partir, dejaba la Iglesia bien organizada, nombrando un obispo responsable, así como presbíteros y diáconos que lo ayudaran en la tarea de enseñar y santificar al pueblo (cf. Tito 1,5ss).

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