Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 7 de febrero de 2013

Vida de san Pablo (5)

Ayer les contaba cómo iniciaron mis viajes misioneros: en compañía de otros hermanos nos dirigíamos a nuevas ciudades y anunciábamos el evangelio a los judíos. Como no querían escucharnos, empezamos a anunciárselo también a los miembros de los otros pueblos y formamos con ellos comunidades cristianas.

Pronto surgió un grave problema, que amenazaba con romper la unidad de los cristianos. Los primeros creyentes en Jesús eran todos judíos, como yo. Todos estábamos convencidos de que Jesús quiere salvar a todos los hombres, pero algunos pensaban que, para hacerse cristiano, primero había que entrar a formar parte del pueblo de Israel, participando en sus ritos, sometiéndose a sus costumbres y cumpliendo las leyes de Moisés. Otros, por el contrario, pensábamos que cada pueblo puede conservar sus costumbres en las formas de comer y de vestir y de hablar. Basta que tengan fe en Jesús y que vivan conforme a sus enseñanzas, para que encuentren la salvación.

Para solucionar este problema se celebró en el año 49 el “concilio de Jerusalén”, una reunión de todos los apóstoles, presidida por san Pedro, en la que cada uno expuso sus razones. El Apóstol Pedro se puso de nuestra parte y defendió que los que no eran judíos no tenían por qué observar las leyes y costumbres de los judíos.

El concilio, a propuesta de Santiago, obispo de Jerusalén, acordó respetar a los creyentes que se convertían al cristianismo, independientemente de cuál fuera su raza o su lugar de nacimiento. Solo se les pidió que se guardaran de la fornicación y que no comieran carnes sacrificadas a los ídolos (cf. Hch 15,1-33). Así quedó claro que Dios no hace distinción de personas y que Jesucristo ha traído la salvación para todos.

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