Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 6 de febrero de 2013

Vida de san Pablo (4)


Ayer les comenté
que Bernabé viajó hasta el pueblo de mis padres y me convenció para que le acompañara a Antioquía de Siria, donde me establecí con él. Más tarde empecé a viajar anunciando el evangelio de ciudad en ciudad. Iba en compañía de Bernabé y de Marcos (cf. Hch 13,2ss). Con el tiempo se nos unieron Lucas, Timoteo, Tito, Silvano y otros hermanos. Yo quería que todos conocieran a Jesús para que gozaran de su perdón y de su amistad, como me había sucedido a mí.

Siempre que llegábamos a una ciudad nueva, hacíamos lo mismo: nos dirigíamos a la sinagoga y predicábamos con mucho entusiasmo a los judíos, explicándoles todo lo que en el Antiguo Testamento habla del Mesías, para que comprendieran que Dios ha enviado a su Hijo al mundo, para salvar a todos los hombres, perdonando sus pecados y cumpliendo lo que antiguamente anunciaron los profetas (cf. Hch 13,14ss). 

Como muchos judíos no nos querían escuchar, anunciábamos el Evangelio por las calles y por las plazas, a todo el que nos quisiera oír, sin importarnos dónde había nacido, ni su raza, ni su idioma, ni el color de su piel (cf. Hch 13,46ss), ya que estamos convencidos de que Jesús ha venido para salvar a todos, hombres y mujeres, judíos y extranjeros, ricos y pobres (cf. Rom 1,16; Gal 3,28; Col 3,11). 

A los que acogían nuestra predicación, los instruíamos en las cosas del Reino de Dios y, una vez preparados, los bautizábamos y rezábamos para que Dios los llene de su Espíritu Santo. Así se iban formando nuevas comunidades cristianas.

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