Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 5 de febrero de 2013

Vida de san Pablo (3)

Ya hemos tenido ocasión de hablar de la infancia y juventud de san Pablo, así como de su conversión. Sigamos escuchándole cómo nos cuenta lo que vino a continuación:

Después de mi bautismo, los discípulos de Jesús que vivían en Damasco me acogieron con mucho cariño y yo me sentí miembro de la Iglesia desde el primer momento. Cada día era una fiesta para mí, especialmente los domingos, en la celebración de la Eucaristía. Cuantas más cosas aprendía sobre Jesús, más le quería. 

Pasé de ser perseguidor de los seguidores de Jesús a ser uno de ellos. Durante algún tiempo viví en Arabia y en Damasco, dando testimonio a los demás de lo que Jesús había hecho conmigo: cómo había transformado mi corazón, ofreciéndome su perdón y su amistad (cf. Gal 1,17). Estaba tan agradecido, que quería que todos me ayudaran a dar gracias a Jesús. Le quería tanto, que mi único deseo era que los demás también lo conocieran. En estos lugares sufrí la persecución de los judíos, que seguían sin aceptar que Jesús es el Mesías. Entonces comprendí mejor el sufrimiento que yo mismo había causado a los creyentes antes de mi conversión.

Más tarde regresé a Tarso, mi pueblo. Allí vino a buscarme otro de los primeros discípulos de Jesús, que se llamaba Bernabé y me invitó a acompañarle a Antioquía, para anunciar el evangelio en su compañía. Allí nos empezaron a llamar “cristianos” a los discípulos de Jesús (cf. Hch 11,25-26).

Con todo esto, habían pasado tres años desde mi conversión. Entonces viajé a Jerusalén para conocer a Pedro, el apóstol al que Jesús había colocado como responsable de mantener a la Iglesia unida (cf. Gal 1,18). ¡Me habían hablado tanto de él! Pronto nos hicimos grandes amigos, ya que los dos amábamos a Jesús más que nada en el mundo y los dos ardíamos en deseos de que todos lo conocieran y lo amaran.

No hay comentarios:

Publicar un comentario