Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 18 de febrero de 2013

Orígenes e historia de la Cuaresma (4)


En las entradas anteriores hemos tenido ocasión de hablar de los ayunos prepascuales, el surgimiento del catecumenado prebautismal, las celebraciones de Semana santa en Jerusalén, el rito de reconciliación de los penitentes públicos y las estaciones cuaresmales en Roma. Junto a estos elementos, a partir de la Edad Media fueron surgiendo otras prácticas que también influyeron en el configurarse de la Cuaresma.

6. La piedad popular. Con el surgir de las lenguas romances, a medida que los fieles no entendían el latín ni las oraciones de la liturgia, se fueron desarrollando nuevas prácticas, como el Vía Crucis, peregrinaciones, dramas sagrados y otros ejercicios que permitían a los fieles expresar su fe. 

Los que deseaban ayudarse para realizar obras de piedad y de misericordia en común se reunían en hermandades o cofradías. En su seno surgieron las procesiones de penitentes, que evolucionaron de maneras diversas en cada lugar. 

A partir del s. XVI se generalizó la costumbre de acompañar sus desfiles con imágenes de Cristo en su pasión. Las cofradías desarrollaron cultos específicos en honor de sus titulares (imágenes del Señor, de la Virgen y de los Santos) por medio de triduos, septenarios, novenas, etc. 

Con el tiempo, se organizó una compleja distribución de la Cuaresma, a partir de las devociones populares. Entre otras cosas, el viernes después de Ceniza se conmemoraba la Corona de Espinas, el viernes de témporas la lanza y los clavos, el de la semana II la sábana santa de Turín, el de la III las cinco llagas, el de la IV la Preciosísima sangre, el de Pasión los siete dolores de la Virgen. 

7. Costumbres cuaresmales. Como signo de duelo, se suprimieron el Gloria, el Te Deum, el Aleluya y el Ite Missa est; se impuso el color morado en los ornamentos y el diácono no vestía dalmática, sino planeta (una especie de casulla corta por delante y plegada por detrás). No se permitían los bautizos ni las bodas solemnes. 

En la Edad Media, el sábado anterior a Septuagésima se despedía el «aleluya» que, a veces, era presentado en las oraciones con características personales: «Quédate aún hoy con nosotros, aleluya. Mañana nos dejarás, aleluya. Al rayar el alba estarás en camino, aleluya», llegando a considerarla como una emanación divina: «Aleluya, tú sola tienes el principado y te bendicen los ángeles». El rito concluía con el entierro o quema de una tabla o de una muñeca con la palabra escrita.

Los «oficios de tinieblas» (maitines y laudes del Jueves, Viernes y Sábado Santos, rezados en las tardes de los días anteriores) adquirieron especial importancia en las catedrales y monasterios. 

El pueblo los vivía con intensidad, por sus elementos dramáticos (las quince velas del «tenebrario», que se apagaban progresivamente después del canto de cada salmo; el sonido de las carracas y tambores, después de la última lectura, para recordar el terremoto que siguió a la muerte del Señor) y porque precedían a las procesiones, en las que todos participaban. 

Desde la Edad Media, se comenzó a cubrir con velos las cruces e imágenes de las iglesias el Domingo de Pasión. La costumbre se generalizó en el siglo XVI y se hizo obligatoria en el siguiente. 

Como el tiempo de penitencia era muy largo, se instituyó el domingo de Laetare (el cuarto) para interrumpirlo momentáneamente, y se introdujeron en ese día los ritos relativos a la bendición de la «rosa de oro».

La Cuaresma se llegó a convertir en un tiempo con identidad propia, independiente de la Pascua, con una gran riqueza de lecturas y oraciones para cada día (Cosa que, sin embargo, no sucedía en los días feriales del tiempo pascual, en los que se repetían los textos del domingo anterior). 

Antes de comenzarla, se establecieron fiestas para despedir el consumo de carne y alcohol: los «carnavales» o «carnes tolendas», que a menudo evolucionaron hacia formas neopaganas. 

Como oposición a los carnavales surgió en el s. XVI la devoción de las Cuarenta Horas de exposición del Santísimo. 

Como conclusión de la Cuaresma, también se establecieron ritos populares para despedir la abstinencia (el «entierro de la sardina» y las tortas de Pascua, con huevos duros, por ejemplo).

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