Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

sábado, 16 de febrero de 2013

Orígenes e historia de la Cuaresma (3)


Hablando de los orígenes de la Cuaresma ya hemos tratado de los ayunos prepascuales, de la organización del catecumenado y de las peregrinaciones a Tierra Santa. Hoy hablaremos de la reconciliación de los penitentes (los que habían cometido pecados después del bautismo) y de las estaciones romanas (las celebraciones que se desarrollaron en los santuarios de la Urbe).

4. La reconciliación de los penitentes. Los que se convertían recibían el perdón de sus pecados por medio del bautismo. Con el tiempo, se presentó el problema de los bautizados que cometían pecados graves (especialmente la idolatría, el homicidio y adulterio, pero también el robo, el falso testimonio, la embriaguez y otras faltas). Para ellos se estableció la «penitencia pública», que debían realizar durante el tiempo determinado por el obispo, vestidos de saco y con la cabeza cubierta de ceniza. 

Al inicio de la Cuaresma, el obispo los expulsaba ritualmente de la comunidad con esta fórmula del antiguo Pontifical Romano: «Hoy, a causa de vuestros pecados, vais a ser expulsados del seno de nuestra madre la Iglesia, lo mismo que Adán, el primer hombre, a causa de su trasgresión fue arrojado del Paraíso». 

Los cuarenta días observaban un ayuno severo, dormían en el suelo, no podían tener relaciones matrimoniales ni participar en actos sociales. 

Durante las celebraciones litúrgicas, permanecían en el atrio del templo, en actitud humilde, hasta el Jueves Santo por la mañana, en que eran reconciliados públicamente, en una ceremonia con numerosas lecturas, oraciones y postraciones. 

Al desaparecer la penitencia pública y empezar a celebrarse el sacramento de la reconciliación de forma privada, desde el s. IX se comenzó a imponer la ceniza a todos los fieles que lo solicitaban, como gesto de piedad personal. Esta costumbre entró a formar parte de la liturgia universal en el s. XI.

5. Las estaciones cuaresmales en Roma. En la Urbe, al mismo tiempo que se iba ampliando el periodo de preparación para las fiestas pascuales, se fue creando una compleja liturgia estacional. 

Al principio, solo había asamblea los domingos. Más tarde, también los miércoles y viernes. En tiempos de san León Magno (s. V), se añadieron los lunes. Posteriormente, los martes y sábados. Finalmente, durante el pontificado de Gregorio II (s. VIII), también los jueves. 

Cada día la comunidad se reunía en una iglesia menor. Allí, el Papa pronunciaba una oración «colecta» y se partía en procesión, cantando las letanías de los Santos, hasta una iglesia titular, donde se celebraba la Eucaristía. 

Las misas estacionales comenzaban el Miércoles de Ceniza en la basílica de santa Sabina, en el Aventino, y terminaban el domingo «in Albis» en la basílica de san Pancracio, en el Gianicolo. 

Las oraciones y las lecturas de cada jornada hacían referencia a los santos y mártires relacionados con esos templos. A veces, la relación era clara; otras, muy rebuscada. Por ejemplo, en san Vidal, que fue arrojado a una fosa, se leía la historia del patriarca José, arrojado a un pozo por sus hermanos; en santa Susana, mártir romana, se leía la historia de Susana en el libro de Daniel; en los santos Marcelino y Pedro, se leían las historias de dos parejas de hermanos (Esaú y Jacob y el hijo pródigo y su hermano); en san Marcos, donde está la tumba de los Santos Abdón y Senén, que llegaron a Roma desde Persia, se leía la historia de Naamán, que viajó desde Siria a Israel para encontrarse con Eliseo; en santa Prudenciana, se leía un texto relacionado con san Pedro, que se alojó en su casa; etc.

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