Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 17 de febrero de 2013

Las tentaciones de Jesús

El evangelio del primer domingo de Cuaresma habla del retiro de Cristo en el desierto, después de su bautismo. De alguna manera, nos indica que la Cuaresma es una experiencia de desierto que se prolonga durante cuarenta días.

El Desierto es, ante todo, lugar de silencio y de soledad que sitúa al hombre ante las preguntas últimas, ya que le permite alejarse de las ocupaciones cotidianas para encontrarse con Dios. Por eso, Oseas lo presenta como un espacio donde surge el amor: «La llevaré al desierto y le hablaré al corazón» (Os 2,16). Para Israel es un lugar rico de evocaciones, que hace presente toda su historia: Abrahán y los patriarcas fueron pastores trashumantes por el desierto. Moisés se preparó en el desierto para su misión y regresó para realizarla. Allí se manifestó el poder y la misericordia de Dios, así como la tentación y el pecado del pueblo.

No debemos olvidar las connotaciones que el desierto ha adquirido en nuestra cultura como imagen del sufrimiento físico y moral. Jesús ha descendido a esas realidades para rescatarnos, y quiere que nosotros lo hagamos también.

Las tentaciones. El mismo Espíritu que consagra a Jesús, lo empuja al desierto «para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1). Esto quiere decir que estamos ante un acontecimiento que tiene que ver con su misión; es decir, con nuestra salvación. La tentación se refiere precisamente a su disposición a obedecer. Satanás le propuso utilizar su poder en provecho propio y seguir el camino del triunfo. Todo lo contrario de lo que Dios espera de su siervo. Es la misma tentación que se presentó en otros momentos de su vida, principalmente en la Cruz. Jesús superó las tentaciones sometiéndose a los planes de Dios: «Aprendió sufriendo a obedecer» (Heb 5,7-8). 


Cuando Jesús dice que «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4), está afirmando la absoluta prioridad de la voluntad de Dios sobre sus propias necesidades o proyectos. Él se abandonó en las manos del Padre, a pesar de que el siervo sufriente parecía condenado al fracaso. Así «nos dejó un ejemplo, para que sigamos sus huellas» (1Pe 2,21). El Catecismo expone el significado de las tentaciones y de sus consecuencias para nosotros: «El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Satanás le tienta tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres le quieren atribuir. Es por eso por lo que Cristo venció al tentador a favor nuestro» (Catecismo 536-540). 

Cristo venció sometiéndose al Padre. Y su victoria es ya nuestra victoria. Por eso, la liturgia confiesa que Jesús fue tentado «por nosotros», en favor nuestro. San Pablo lo explica con el paralelismo entre el primer y el definitivo Adán: si la culpa del primero afectó a todos sus descendientes, ¡cuánto más la victoria del segundo! (cf. Rom 5,17). Adán, por su desobediencia, fue expulsado del Paraíso al desierto. Jesucristo, con su obediencia, nos abre el camino del desierto al Paraíso.

2 comentarios:

  1. El desierto, además, nos revela nuestra verdadera condición: estamos solos. Solos, aunque no estemos huecos en nuestro interior. Como dice Santa Teresa.

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  2. Gracias padre por recordarnos esta riqueza...saludos maggie.

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