Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 25 de enero de 2013

La conversión de san Pablo

Al terminar mis estudios en Jerusalén, me establecí en Damasco, capital de Siria. Allí encontré un buen trabajo y vivía tranquilo, como cualquier joven de mi edad. Por entonces, llegó a la ciudad un grupo de judíos que seguía a Jesús de Nazaret. Decían que él era el Mesías, enviado por Dios para salvar a los hombres. También decían que nuestras autoridades habían hecho mal condenándole a morir en una cruz, que Jesús había resucitado del sepulcro y que solo creyendo en él se puede alcanzar la vida eterna.

Estos discípulos de Jesús venían de Jerusalén, donde nuestras autoridades habían decretado que no se les permitiera hablar en público. Los que desobedecieran, debían ser encarcelados y castigados con severidad. Yo me dediqué a perseguirlos, denunciando a los que hablaban de Jesús, para que fueran juzgados y metidos en la cárcel. Incluso estuve presente cuando alguno de ellos fue condenado a muerte, como el diácono san Esteban, que fue apedreado a las puertas de Jerusalén por predicar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios (Hch 7,58). 

Pero Dios quería otra cosa de mí y me hizo comprender que estaba equivocado. En cierta ocasión que iba de viaje, precisamente con la misión de encarcelar a algunos cristianos, una gran luz me cegó. Fue como un relámpago. Yo me caí en medio del camino, sin entender lo que estaba pasando. De repente, escuché una voz que me decía: “Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hch 9,1ss). 

Como yo no podía ver, estaba muy asustado. Entonces, pregunté al que me hablaba: “¿Quién eres?” Él me respondió con una voz suave y dulce, como nunca había escuchado antes: “Soy Jesús, a quien tú persigues.”

Entonces le vi (cf. 1Cor 9,1). Era Jesús, lleno de gracia y de poder. ¡Estaba vivo de verdad! Nunca podré olvidar su mirada, ya que no me miraba enfadado, sino con un infinito amor, a pesar de que yo era su enemigo. Él quería ser mi amigo y me ofrecía su perdón. Algo cambió dentro de mi mente y de mi corazón. Sentí que, desde ese momento, nada volvería a ser igual. Comprendí que, al perseguir a los discípulos de Jesús, estaba persiguiendo a Jesús mismo. A pesar de todo, él me ofrecía su perdón y su amistad. ¿Cómo podía agradecerle yo tanta generosidad?

Desde entonces, "lo que para mí era ganancia, lo considero una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la grandeza del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien dejé todas las cosas, y las tengo por basura a su lado" (Flp 3,7-8).

Levantándome del suelo, todavía ciego y asustado, le pregunté: “Dime, Jesús, ¿qué quieres que haga?” Él me dijo que siguiera mi viaje hasta Damasco. Allí me explicarían lo que tenía que hacer. Como yo seguía sin ver nada, me llevaron de la mano. Mis compañeros de camino estaban asombrados, porque oyeron el diálogo entre Jesús y yo, pero a él no le vieron.

Durante tres días permanecí esperando en oración, totalmente ciego. Al cabo de ese tiempo, se presentó en la casa donde yo estaba un discípulo de Jesús, que se llamaba Ananías. Jesús mismo le había dicho en un sueño que viniera para explicarme el evangelio. Él tenía miedo, porque sabía que yo había perseguido a los creyentes en Jesús y creía que yo lo iba a engañar. Cuando vio mi buena fe, me explicó todo lo referente a la vida y a los milagros de Jesús. Me bautizó y me impuso las manos. Yo volví a ver y daba gracias a Dios, muy contento (Hch 9,10ss).

2 comentarios:

  1. El Señor nos convierta totalmente, como a san Pablo. Nos conceda contemplar la belleza de su rostro y enamorarnos cada día más de él. E.N.

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  2. Amor con Amor se paga.

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