Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 22 de junio de 2012

Vida y mensaje de san Pedro

El 29 de junio, la Iglesia celebra la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo, martirizados en Roma durante la persecución de Nerón el año 67 d. C. Es una buena ocasión para que profundicemos en la vida y el mensaje de san Pedro. Mi idea es dedicarle siete entradas, dejándole hablar a él.

Amigo, permítame identificarme: soy Simón Pedro. Algo cabezón y, a veces, irreflexivo; pero tengo buen corazón y amo a Jesús más que a mí mismo. Quiero contarle mi historia, para que aprenda de mí a amar a Cristo y a pedirle perdón cuando cometa errores. Él conoce nuestras debilidades, pero nos trata con misericordia si tenemos buen corazón y nos perdona si le pedimos perdón. Hablaré con mucha sencillez, porque soy un hombre sin estudios y me gusta que todos me puedan comprender.


Mis orígenes. Nací en Betsaida (Jn 1,44), un pueblecito situado a la orilla del “Mar de Galilea”, también llamado “lago de Tiberíades” o “lago de Genesaret”. Mi padre se llamaba Juan, o Jonás, que entre nosotros es lo mismo (Jn 1,42). Pronto me trasladé con toda mi familia a vivir en Cafarnaún, un pueblo grande, parecido al de mi infancia y situado cerca de él; con puerto de pescadores, casas de piedra negra, cuartel del ejército, tiendas, molinos de trigo y aceite, sinagoga y oficina para la recaudación de los impuestos.

En mi tierra siempre hace calor. Como en el lago hay mucha agua dulce y la tierra es fértil, las huertas producen flores, frutas y verduras durante todo el año. En el lago hay también muchos peces. En las montañas cercanas hay rebaños de ovejas, de cabras y de camellos, además de conejos y otros animales para cazar. El buen clima y la abundancia de alimentos hacen que alrededor del lago haya muchos pueblos grandes, como Corazaín, Tiberíades y Magdala. A pocos kilómetros están Nazaret, Caná de Galilea y Séforis. Mucho más lejos (a tres días de camino) queda Jerusalén, que es la capital de mi país: Israel.

La llamada de Jesús. Tenía mi propia barca (Lc 5,3), en la que trabajaba con mi hermano Andrés. Los dos nos considerábamos discípulos de Juan Bautista, al que escuchábamos con gusto cuando predicaba que el Reino de Dios estaba a punto de llegar y que Dios enviaría pronto a su Mesías salvador. En cierta ocasión, Juan Bautista dijo que Jesús era “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, el Mesías que todos esperábamos. Mi hermano Andrés estaba presente y me lo dijo apenas llegó a casa. Él fue quien me presentó a Jesús (Jn 1,36-42). Por entonces, Jesús comenzó a predicar la Buena Noticia del Reino de Dios.

Un día que estábamos echando la red en el lago, Jesús se acercó a nosotros y nos invitó a ser sus discípulos. Nos dijo: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. Ese mismo día llamó también a Santiago y a Juan, los hijos de Zebedeo, que eran nuestros vecinos (Mt 4,18-22). En los días siguientes Jesús llamó a otros, que se fueron uniendo a nosotros. Con ellos recorríamos los pueblos de alrededor, escuchando lo que Jesús enseñaba. Nos decía que Dios es nuestro Padre y que nosotros tenemos que comportarnos como verdaderos hijos de Dios. Usaba parábolas y comparaciones, para que todos pudiéramos comprender su mensaje. Todos estábamos admirados de su enseñanza, porque lo hacía con autoridad, no como los maestros de la ley (Mc 1,22).

1 comentario:

  1. Me gusta esta manera sencilla de contarnos la historia de san Pedro. Estoy deseando leer las otras entregas. Carmen.

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