Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 26 de junio de 2012

Vida y mensaje de san Pedro (4)

Anuncio de la Cruz. Todos nosotros creíamos que el Mesías tenía que establecer el Reino de Dios sobre la tierra, haciendo de Israel un pueblo poderoso, con un ejército invencible, al que todas las naciones respetarían y pagarían tributos. Pero Jesús insistía en que no había venido para ser servido, sino para servir y dar la vida por los hombres (Mt 20,28). Muchas veces nos decía que Él tenía que subir a Jerusalén para sufrir mucho y morir por los pecadores. Una vez yo le dije que eso no era posible, que un hombre tan bueno como Él no debía morir. Entonces me reprendió, porque Él sabía que tenía que cumplir la voluntad de su Padre hasta el final (Mt 26,21-23).


También nos enseñaba que, para ser de verdad discípulos suyos, teníamos que aprender a amar a todos, a perdonar a los enemigos, a cargar con la cruz, siguiendo su ejemplo. Incluso decía que el que quiera ser grande en el Reino tiene que convertirse en el servidor de todos. Algunos pensaban que estas enseñanzas eran muy duras y dejaron de ir con nosotros. Entonces nos preguntó: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Yo le dije, en nombre de todos: “Señor, ¿a quién iríamos? Solo tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos en ti y sabemos que tú eres el enviado de Dios” (Jn 6,66-69).

Lavatorio de los pies y Última Cena. El día antes de su muerte, celebró una cena de despedida con nosotros. Entre los judíos, es normal que los esclavos o las mujeres de casa laven los pies a los que van llegando. Ese día Él quiso ocupar el lugar de los esclavos y lavarnos los pies a todos. Yo no quería aceptar. Me parecía excesivo que el Maestro ocupase siempre el último lugar. Pero Él me dijo: “Si no me dejas lavarte los pies, no eres de los míos”. Yo acepté, confundido. Después nos dijo: “Si yo, que soy vuestro Maestro, os he lavado los pies, vosotros debéis hacer lo mismo, siendo siempre los servidores de todos”. Y añadió: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,1-34).

Durante la cena, tomó pan de la mesa, dio gracias a Dios, lo partió y nos lo dio, diciendo: “Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”. Después tomó la copa del vino, de nuevo dio gracias a Dios y nos la pasó, diciendo: “Tomad y bebed todos, porque ésta es mi sangre. Sangre de la nueva y eterna alianza, derramada para el perdón de los pecados”. Y añadió: “Haced esto en conmemoración mía” (Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,19-20). Nosotros estábamos asombrados por todo lo que Jesús hacía y decía, pero no terminábamos de comprender lo que estaba sucediendo.

1 comentario:

  1. Tiene mucha empatía y me parece una forma muy original y bonita de contar la historia. Gracias.

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