Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 31 de mayo de 2012

Lux in arcana (2)

Hablábamos ayer de la magnífica exposición Lux in arcana, que muestra en los museos capitolinos de Roma algunos de los documentos más significativos del Archivo Secreto Vaticano. Y decía que dos de los documentos que más me han llamado la atención tienen que ver con santa Teresa de Jesús. Los dos indican lo original que fue esta mujer en su vida y en su muerte.


El primero es una carta autógrafa del 6 de febrero de 1577 al P. Ambrosio Mariano o.c.d., que se ocupaba de los negocios de la Orden en la corte (es la de la fotografía de arriba). Aunque está escrita en un contexto de duras persecuciones contra los carmelitas descalzos (ese mismo año encerraron en la cárcel a san Juan de la Cruz), ella manifiesta su paz y su confianza en Dios. Con sentido del humor riñe al P. Ambrosio porque ha fundado un convento de frailes en Madrid y las cosas no le van bien, por lo que no sabe qué hacer. Ella le dice que habría sido mejor escucharla cuando decía que primero se fundara el de las monjas, que ellas habrían sabido hacer las cosas mejor que ellos: “Crea que habría sido mejor hacer la [casa] de las monjas; que de negociar [ellas lo hacen] mejor para los frailes que ellos mismos, no dude”. No hay duda de que ella y sus hijas son más prácticas que nosotros, tanto en las cosas materiales como en las espirituales. Dios las conserve.

Pero lo más llamativo está al principio de la carta, cuando le dice: “Por caridad que no me ponga señora en el título, que no es lenguaje nuestro”. “Señora” era un título honorífico. Se ve que él le había escrito una carta y la había llamado así en la dirección del sobre. Eso a ella no le gusta. Esta frase contrasta en esta exposición, donde todos los documentos hablan de ilustrísimos señores, majestades y títulos similares. Incluso se subrayan los títulos que un sultán o emperadores orientales dan al Papa y en un documento medieval se recoge que solo a él le corresponden las insignias y títulos de los antiguos emperadores romanos. En fin, la frase de santa Teresa: “que no es lenguaje nuestro” hace reflexionar.

Otro documento interesantísimo es el Lunario Novo de Gregorio XIII, por el que se instauraba el calendario gregoriano. Antiguamente hubo muchos calendarios, pero ninguno alcanzó la perfección del que estableció Julio César el 46 a.C., que contaba con 365 días al año y uno bisiesto cada 4. El problema es que el año solar dura 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos, por lo que se perdían 11 minutos al año que, con el pasar de los siglos, se fueron acumulando. Después de complicadísimos cálculos, el Papa estableció un calendario nuevo (el actual), que solo tiene un desfase de 26 segundos al año, por lo que se necesitan 3.323 años para que se pierda un día. Hubo que eliminar diez días del calendario y se pasó del 4 de octubre de 1582 al 15 de octubre. No os aburro con estas cosas, porque podéis informaros mejor aquí. El caso es que tardó mucho en ser el calendario universal, porque los países protestantes y los ortodoxos no lo quisieron aceptar. Como afirmaba el científico Kepler, respondían así: “Preferimos estar en desacuerdo con las estrellas a estar de acuerdo con el Papa”.

Santa Teresa sí que lo aceptó y, para demostrar que ella estaba en comunión con la Iglesia romana, se murió en la noche del 4 al 15 de octubre de 1582, por lo que su fiesta litúrgica se celebra el 15 de octubre. Esta mujer fue original en todo, hasta para morirse.

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